Te aviso de entrada, por si quieres dejar de leer: no soy un buen ejemplo a seguir.
Aunque quizá lo mejor que puedo ofrecerte es eso, que no soy un buen ejemplo a seguir, que he tenido —y sigo teniendo— todas las dificultades del mundo para avanzar en mi senda, como meditadora y como ser humano. En ese sentido te puedo decir que, si yo he podido continuar en el camino, tú también.
Creo que todo empezó cuando murió mi padre, en el año 1997. Yo tenía veintiocho años y, hasta entonces, había vivido en una pura fantasía mental, en la que todas las piezas encajaban a fuerza de control, presión y represión. Tenía en el escaparate de mi cabeza la maniquí de quién quería ser, y trataba de imitar a esa maniquí. ¡Y creía que yo era esa! Ahora me entra la risa. Aún no sé quién o qué soy, pero sé que no era esa que creía (y quería) ser.
Pero se murió mi padre, y todo se fue a la mierda. Porque en ese escaparate ordenadito, en el que todo encajaba a base de control y fantasía, las personas no se morían de verdad. Y mi padre se murió de verdad: lo ingresaron en el hospital un día con los pulmones destrozados sin que nadie supiera por qué, lo sedaron al cabo de una semana, y murió después de un mes. Yo creo que se murió de tristeza. Y todo se fue a la mierda. Mi familia, mi maniquí y yo. La vida se convirtió en una mala película en blanco y negro, en la que a la protagonista (que era yo pero que no era yo) no hacían más que pasarle mierdas imposibles de integrar.
En el año 1999 me pasó algo horrible que me fragmentó todavía más, pero también me enamoré de una forma en que nunca lo había hecho: a corazón abierto y sin casco protector. Me asusté tanto que empecé a ir a un psicólogo, pensando que iba porque me había enamorado locamente y descubriendo, un año después, que en realidad iba por otros asuntos que había enterrado en lo más profundo de mi ser y que, entre otras cosas, me impedían sostener una relación de intimidad con nadie (conmigo misma la primera). Desde entonces y a lo largo de estos veintitrés años, he tenido cuatro terapeutas diferentes, pero nunca he soltado ese asidero a la realidad, sin el que sé que mi mente se desharía en hebras de disociación.
Mi segundo terapeuta me dijo que meditara quince minutos al día y me enseñó cómo hacerlo. Para mí fue una especie de desvirgamiento mental Compartir en X
En el año 2001 tomé contacto con la meditación por primera vez, a raíz de que mi segundo terapeuta me dijera que meditara quince minutos al día y me enseñara cómo hacerlo. Para mí fue una especie de desvirgamiento mental. Hasta entonces, nunca había reparado en que mis pensamientos no eran la realidad. Me los tragaba todos, cada uno de ellos, por descabellado que fuera. Y si en un momento pensaba algo y en otro momento lo contrario, yo daba la vuelta al mundo en un instante para adaptarlo a lo que pensaba. Y así segundo a segundo. Verlo en directo en mis sesiones de meditación fue todo un shock. ¡Era de locos! Yo estaba muy asalvajada, pero una cosa me salvó: la curiosidad. Una vez que vi lo que vi, no me quedaba más remedio que seguir investigando.
Así que, tumbada en una camilla, le pregunté a mi osteópata si conocía a alguien que enseñara meditación. Y ella me habló de una lama española que parecía ser que adaptaba muy bien las enseñanzas budistas al contexto occidental y que, casualmente, daba un curso en Salamanca unas semanas después. Y allí que me fui. Así conocí a la que todavía es mi maestra, y que lo será hasta que me muera. Cuando la escuché por primera vez sentí dos cosas: una fue que me hablaba solo A MÍ (como si no existieran las cien personas que tenía alrededor); la segunda fue que aquello de lo que hablaba (o que transmitía por debajo de las palabras, más bien) era lo que yo había estado buscando siempre sin saberlo.
Escuchaba a mi lama en los retiros y se me derretía el corazón, pero me ponía a meditar en mi casa y me convertía en un bloque de cemento Compartir en X
Y así, proviniendo de una familia intelectual, comunista y atea, me hice budista. O, mejor dicho, me hice practicante de meditación, porque el budismo no es otra cosa que eso. Al principio me tomé la meditación como estamos acostumbrados a tomárnoslo todo en esta sociedad, con un objetivo (en este caso, iluminarme) y una serie de pasos que había que ir cumplimentando como quien va salvando créditos en una carrera universitaria, de la misma forma exactamente que monté por aquella época una empresa, la Escuela de Escritores.
Escuchaba a mi lama en los retiros y se me derretía el corazón, pero me ponía a meditar en mi casa y —¡qué casualidad!— me convertía en un bloque de cemento, tratando de atravesar las sesiones con la mente en estado de sitio, fulminando de antemano cualquier cosa que se moviera. Cada segundo se hacía eterno y aquello era agotador. Pero luego me felicitaba porque había cumplido un día más, porque muy pronto, seguro, me darían el diploma del despertar.
No sé en qué momento me di cuenta de que por ahí no iban los tiros, pero debió de ser pasados unos cuatro o cinco años.
En la meditación era incapaz de mantener la atención en la respiración más de dos minutos seguidos sin distraerme, y esa falta de control me ponía histérica. En mi vida paralela me casé y tuve dos hijos. Y empecé a pasarlas muy putas. Todo —como en la meditación, ¡qué casualidad!— se me iba derrumbando, y no podía hacer nada para mantenerlo en pie. Hasta tuve que dejar la dirección de la empresa que yo misma había creado.
En esa época fue cuando un día le dije a mi maestra que tenía la sensación de ir hacia atrás en lugar de hacia delante. El barco hacía aguas por todas partes y, por más parches que pusiera, aquello se hundía sin remisión. Antes me creía una buena persona, con cualidades y valores, pero cada vez veía con mayor claridad mi falta de generosidad, mi dependencia, mi manera de manipular a los demás, el daño que hacía a quienes me rodeaban, el daño que me dejaba hacer y el que me infligía a mí misma… Yo sabía que lo de antes era un autoengaño, pero, ¿cómo solventar la desesperación del naufragio y de esa marcha atrás? Mi lama me dijo (como siempre me solía decir en las entrevistas) que eso era una buena noticia. Y que en realidad iba muy bien, solo que mi mirada crítica y exigente me hacía ver lo que me ocurría con un sesgo negativo que no tenía de por sí. Ese día descubrí algo importantísimo: estaba tiñendo la experiencia con el color de mis tendencias, y estaba tomando esa distorsión por la realidad.
Eso me llevó a dudar de todo.
Debía de correr el año 2010, y durante mis sesiones de meditación ya no trataba de controlar la situación, así que aquello era un caos morrocotudo con el que no sabía qué hacer: el soporte por un lado, la apertura por otro, los pensamientos como colibríes chupando el néctar de mi calma… También —¡qué casualidad!— dejé de controlarlo todo en mi vida, así que no me quedó más remedio que admitir la pantomima en la que estaba representando el papel de «vigilante de la playa». Me abrí de nuevo al amor y me separé de mi marido, con la ayuda de mi tercer terapeuta. El día que me quedé sola con mis dos hijos de cuatro y cinco años en aquella casa enorme e hipotecada fue el más triste de mi vida, pero también me sentí, por primera vez, un poquito auténtica.
Mi proceso personal en la meditación o la senda de los cangrejos Compartir en X
En el 2011 vendimos la casa y me fui a vivir de alquiler con mi nuevo amor resplandeciente, mientras mi ex y yo nos pasábamos a los niños del uno al otro como pelotas de ping pong. Empecé a realizar la práctica de los Preliminares (Ngöndro), y todo en mi vida empezó a ir a cámara rápida. A principios del 2012 descubrí que convivía con un alcohólico y casi se puede decir que escapé aterrorizada de aquella casa para empezar una nueva vida de soledad, en la que comencé a reconstruirme, por fuera y por dentro. La meditación se convirtió en aquello que mi hijo pequeño (que en aquel entonces tendría siete años) definió a la perfección de esta manera: «mamá medita para no estar peor de lo que está». Es decir, seguía en la senda de los cangrejos, dándome cada vez más cuenta de lo mal que estaba, aunque todavía trataba de luchar contra ello.
Mi proceso personal en la meditación o la senda de los cangrejos Compartir en X
En esa casa pasé cinco años (hasta el 2017), la mitad del tiempo con mis hijos, la otra mitad sola. En mi meditación pasaron cinco siglos. Mi egocentrismo (¡pero para mí era mi vida!) seguía despeñándose. El maestro Chögyam Trungpa decía: «Tengo dos noticias para ti, una mala y otra buena: la mala es que estás en caída libre; la buena es que no hay suelo». Esa sensación tenía, la de caída libre. También, alguna cosa buena tenía que tener, empecé a «sentir». Con mi cuarto y definitivo terapeuta no hacía más que llorar, y mis meditaciones eran desgarradoras, parecían una obra de García Lorca. Era tanta la intensidad del oleaje que no había forma de mantenerse en la tabla de surf del soporte.
En esa época abandoné definitivamente mi trabajo como profesora en la Escuela de Escritores, la empresa que había fundado doce años atrás y que había ido perdiendo a pedazos. Volví a empezar de cero laboralmente, dando talleres por mi cuenta. En el 2015 fundé una editorial. También me formé en psicología contemplativa y me volví a enamorar, más a lo bestia que nunca, toma ya. Caía en picado. Qué miedo y qué vértigo. El amor de mi vida me abandonó un año después. Más miedo y más vértigo. Pero también renací de las cenizas, me saqué el carné de conducir, me fui con mis hijos a París y empecé a impartir cursos de Escritura y Meditación.
Tienes que estar mínimamente abierta para poder asimilar que estás nadando en una piscina llena de mierda. Y tienes que ver que estás en una piscina de mierda para poder salir de una puñetera vez y darte una ducha. Compartir en X
En 2017 la editorial se fue a pique, fundé Escribir y Meditar y me volví a mudar, a un barrio peor y a una casa mejor. Exactamente igual que en mis meditaciones —¡qué casualidad!—: mi mente empezaba a convertirse en un lugar más acogedor y habitable... mientras que veía un extrarradio bastante aterrador, lleno de torres de alta tensión. «Notad el ambiente —nos decía mi maestra— y daos cuenta de los pedos debajo de la colcha». Aludía a una película en la que la protagonista y su novio disfrutaban en la cama tapándose con la sábana y tirándose pedos. Tienes que estar mínimamente abierta para poder asimilar que estás nadando en una piscina de mierda. Y tienes que ver que estás en una piscina de mierda para poder salir de una puñetera vez y darte una ducha. A mí la ducha todavía me quedaba lejos, pero empezaba a oler la mierda… y a darme cuenta de que era totalmente adicta a ese asqueroso olor.
En 2018 estaba preparada para asimilar lo que salió en una sesión con mi terapeuta: estaba traumatizada hasta las trancas, y eso afectaba a mi sistema nervioso, a mi respiración, a mi intestino, a mi tensión arterial, a mi cerebro, a mis emociones… en realidad a toda mi persona. Una vez visto, ya sabes, no hay marcha atrás. Así que me arremangué y me puse a investigar qué fallaba en mi cableado. En la meditación, empecé a entender el porqué de esa tensión que nunca se iba de mis mandíbulas, de mi garganta, de mis trapecios y de mi cráneo. Empecé a sentir un pitido permanente en los oídos; no es que antes no estuviera, es que lo empecé a sentir. Empecé también a reconocer la ira congelada en mi corazón desde tiempos sin principio.
Después vino la pandemia. Después vino un cáncer y otro abandono, de la misma persona que me había abandonado tres veces. Entretanto mis miedos más profundos —los del feto, el bebé y la niña traumatizada que fui— salieron a flote y los pude sostener, a veces hasta los pude abrazar. En la meditación —¡qué casualidad!— mi relación con el espacio y el soporte se hizo más sedosa, menos corrosiva. La hondura de lo que iba viendo —de lo que antes no estaba preparada para ver— estaba en íntima relación con mi capacidad para abrir el corazón ante ello. Pero la sensación, siempre, era la de ir hacia atrás, como los cangrejos.
A día de hoy, a finales del 2022, veinticinco años después de la muerte de mi padre, el miedo no es tan insoportable pero sí más palpitante. El abandono me encharca el corazón, pero no me convierte en víctima. El dolor no me hace rasgarme las vestiduras.
Cuando me siento a meditar cada día, profundizo en la enormidad de mi tensión, la asumo como un elemento más en el espacio, y me monto en la tabla de surf del soporte, galopando las olas y aprendiendo a caerme cada vez más y mejor, o peor, yo qué sé, y qué más da.
El otro día se lo comentaba a alguien:no me gusta meditar. Pero el hecho de que las cosas me gusten o no me gusten, ya no tiene ninguna importancia. Compartir en X
El otro día se lo comentaba a alguien: no me gusta meditar. Llevo veinte años haciéndolo cada día y no me gusta. Pero el hecho de que las cosas me gusten o no me gusten, me apetezcan o no me apetezcan, ya no tiene tanta importancia. Lo que me importa es la certeza de que, de no ser por la meditación, mi vida sería una auténtica estafa. Y ahora no lo es. No lo es. No sé todavía lo que es, ni quién soy, pero cada vez me siento más cerca de mis gatos o de una planta o de un ser humano. Y sigo yendo hacia atrás, en esta senda de los cangrejos, borrando las huellas en la arena del camino equivocado, para que otros no se confundan con ellas, desenmarañando esa enorme mentira en la que vine al mundo ya enredada.
No sé si te sirve, porque esto es muy personal y nada fácil, porque soy lo más opuesto a una meditadora ejemplar que te puedas encontrar. Pero es lo que hay, y quizá por ser lo que hay ya tenga algún valor. No lo sé, pero yo lo escribo, por si acaso.
23 respuestas
Que texto tan brutal y transparente.
Gracias por compartir y compartirte
Buenos días Isabel.
¡Qué maravilla!
Además de que me ha encantado, este texto es perfecto, para que me llegase en este momento.
Para mí, sirvió de mucho.
Muchísimas gracias.
Un fuerte abrazo.
Ignacio
Nunca me había llegado un correo diciendo «Aviso: esto es muy personal» y me he dado un buen susto. Luego he visto que era el blog de Isa Cañelles y he pensado, y cuándo no lo es… Me siento delante de una chimenea encendida cada vez que nos cuentas algo, por mucho frío que haya alrededor, aunque no haya techos ni pared y solo esté el fuego. Y está vez cuentas en la intemperie….
Creo que es el calor de lo humano.
Gracias siempre,
Mer
¡Hola, Isa!
Me ha encantado tu texto.
Muchas gracias, cómo escribe Ignacio, ha llegado a mi vida como una señal.
Besos
Bea
Querida Isabel. Querida Isa. No sabes como me ha emocionado tu andadura en la vida. Te he visto siempre trabajadora, esforzada. Maestra.Siempre te he visto MAESTRA así con mayúscula.Ha sido duro. Muy duro. Pero con tu esfuerzo has salido, pero ya hace tiempo de esa piscina de mierda y ahora caminas danzando con una compañía de muchas personas que te alaban, que te admiran, que te adoran y que creen, creemos en tí. Para mí has sido como una rayo luminoso que en vez de herir me ha salvado de muchas cosas. Y me pregunto: » ¿Qué hacía yo antes de encontrar a Isa?» Pues simplemente deambulaba ,daba pasos de ciego que no sabía adonde me llevaban.
Y te entiendo mucho porque cuando murió mi madre, hace muchos años, muchísimos (Murió en el 1959) Fíjate la inmensidad de tiempo que ha pasado, pero es asombroso como se recuerda a las personas que has amado de verdad y te han querido también de verdad. He pasado toda mi vida echándola de menos. Queriéndola cada día un poco más porque pensaba que nunca le daba lo que ella se merecía.
Querida Isa. Lo mas triste que le puede pasar a un niño es perder a alguien que se ama tanto. Te marca para siempre.
Pero tu has sido muy valiente. Mucho más que yo y por eso te admiro. Y no solo es admiración también te quiero, querida Isa.
Querida Isabel ,quizás no lleve tantos años como tú meditando pero ha formado parte vital en mi vida.Después de años por fin disfruto de la meditación y es por el aumento de sensibilidad.Esa sensibilidad que tú de manera tan honesta, valiente y auténtica estás desarrollando.Después de todo estás realizando la titánica tarea de ver lo que no eres.Cualquier día, si no ha sucedido ya, aparecerá lo que verdaderamente eres.Lo que siempre has sido.
Mientras tanto nos ayudas con tu valiosa valentía,tu perseverancia y tu,deliciosa,descripción de lo humano.Con toda la savia vital que conlleva , con toda la destreza para expresarlo y con toda la honestidad para hacerlo.
Gracias profundamente por dejarte la piel en el papel en blanco, por entregarte a la vida sin paracaídas, por regalarnos tu desnudez como ser humano.
Buenas Isa. Cuanto me ha gustado leer un poco sobre tu vida «real», porque aunque tenía mis intuiciones no sabía los detalles. Me resulta como un espejo invertido algunas cosas que cuentas de tu vida. Yo hubiera deseado una familia «intelectual» y tuve una franquista y contraria al pensar, por eso quizás para mí es tan importante.
Mi padre hizo de mis años de segunda infancia y primera juventud un infierno de miedo psicológico en mi casa, un maltrato psicológico, del que hace muy poco me he hecho consciente que irá siempre conmigo. Los pitidos en los oídos que comparto contigo son buena prueba, así como los sobresaltos sin motivo aparente, y la ansiedad o miedo que después mi biografía en los años 80 de los que habla Jaime, se introdujeron en mí ya para siempre. Ahora sé que tengo que convivir con todo ello, y seguir adelante.
A mí no me gusta escribir, pero sé que tengo que hacerlo, para que mi vida no se vaya por el agujero. Por eso tienes que saber, aunque sea machacona, que te necesitamos, que te necesito.
Doy las gracias por tenerte en mi vida. Ah, y te quiero, 😉
Menudo periplo, Isa, y qué bien lo cuentas. Me identifico mucho con lo de ir hacia atrás como los cangrejos. Y lo de que después de una odisea te fuiste a París con tus hijos y empezaste a impartir cursos de Escritura y Meditación me ha encantado 😉 . Creo que fue en ese año, en 2015, cuando empecé a asistir a tus cursos; si no fue ese fue el siguiente. Qué coincidencia, cuando yo aún ni me atrevía a mirar hacia dónde me quería dirigir tú ya volvías de allí y conecté contigo. Me resulta muy inspiradora toda tu trayectoria. Gracias por contarlo.
Buenos días Isabel,
Viajó en un bus hacia Madrid desde Alicante y nunca te dediqué tiempo a leer tus correos que me llegaban.
Hoy he podido conocerte, leer tu historia que me ha emocionado por tu sinceridad y tú empeño en ser esa gran persona que percibo.
Valoro mucho cuando la vida nos regala encuentros con personas como tú.
Esta mañana antes de leer tu post me andaba preguntando cosas muy parecidas sobre mi meditación… que también va hacia atrás como los cangrejos. Inexorablemente. Y no sabía como trasladarle esto a los alumnos, sobre todo a los más noveles «¡Se van a ir todos!» Pensaba…
Muy valiente.
Isa, corazón valiente, me inspiras, realmente.
De niña quise ser escritora, poeta, y escribía sin cesar para huir de mi realidad, para soñar otros mundos que levemente intuía…
Me gusta tu forma de desnudar tu alma, de sentir la caída libre, de encajar los golpes de la vida, los miedos, y aún así continuar, perseverar en la búsqueda… Mil Gracias desde el corazón
Qué texto tan transparente. Me sirve mucho en estos momentos de mi vida, en que empiezo también a dudar de todo, bueno, de la efectividad de todo…. Gracias isa. Este texto es un regalo para el corazón. Abre camino!
Isa…muchas gracias por tu valentía, por ese escribir tuyo tan profundo y tan auténtico. A mi eso es lo q me trasmites, lo que me trasmitiste la primera vez que leí un post tuyo. Por eso me acerqué a ti, con el corazón abierto, o eso intenté , a recoger el regalo… Y eso me transmite este post, a pecho descubierto y con la bandera de lo auténtico por delante, porque para mi la vida es eso, cada vez lo veo más claro, avanzar, o retroceder rastreando nuestros pasos oscilantes, buscando eso que somos en el fondo. No creo realmente que haya otra forma de vivir, y desde que te conozco vas haciéndome de espejo, de barómetro de mi propio estar en en mundo
Gracias Isa
Un abrazo…y ahí seguimos…buscando que es lo que es auténtico por dentro…
Inés
Gracias, Isa por habernos mostrado este rápido recorrido por tu vida, Mucho de lo narras ya era de sobra conocido por muchos, pero el cómo lo has sentido, al menos para mí es algo nuevo. Eres admirable por tu voluntad férrea y porque nunca estás quieta, aunque sea caminando hacia atrás, que en ti no es retroceder sino buscar nuevos caminos, y también por tu sinceridad contigo misma y con quienes te leemos, cuando dices, para sorpresa de muchos, que no te gusta meditar aunque no sabrías vivir sin hacerlo. A mí tampoco me mola mucho meditar, quizá por lo que tiene de ritual, pero siempre me ha venido bien, es como tirar un balde atado con una cuerda al fondo de un pozo muy profundo e izarlo cargado de agua fresca y transparente.
…hola buenas noches Isabel Cañellles….llevo un buen rato mirando una estrella en el cielo que brilla un montón y me gustaría acercártela y ponerla entre tus manos para que te de luz y calor a tu corazón y mente….llevo como un minuto de mi vida meditando y tres segundos escribiendo así que leerte, mejor!: escuchar tu voz en lo que escribes me parece una maravilla….no creo que estés caminando hacia atrás sino mirando lo que la vida te ha estado dando y ahora te estás descubriendo y desnudando para volver al principio de lo que eres Tú…. gracias gracias muchas gracias por tu ser y compartirlo y todo lo que me enseñas….!!!
Gracias Isa por tu sinceridad, tu valentía para desnudarte sin prejuicios, por tu esfuerzo por mantenerte en este camino de la meditación en lo que lo único que se ve es lo que no es. Y aunque no te guste meditar, por que a veces mirar con lupa este torbellino en el que estamos es difícil de asumir, ya no podemos vivir sin la meditación. ¡Cuantos días me levanto después de media hora diciéndome ¿qué demonios has estado haciendo? A esto no le llamarás meditar. Pero sí, justo eso es medita:r mirar con lupa la cabeza de grillos, el corazón de sapos, la lengua de culebras y saber que tú no eres eso aunque te cubra como un borrón de tinta negra.
Un abrazo enorme, enorme. Y sigamos juntas muchos años caminando.
Me has dejado sin palabras. Menudo texto.
Humildad, valentia, resiliencia, y mas. Que se viven al leer.
¡Eres una inspiración!
Gracias
Gracias, Isa, me ha encantado este texto tan personal y sincero. Me he quedado con un montón de frases. Espera que las cuento. ¡Veintiuna, concretamente! Todas ellas me han resonado tanto que me han llegado al ALMA: tratar de imitar a mi propio maniquí; mierdas imposibles de integrar; hebras de disociación; me salvó la curiosidad; fulminando de antemano cualquier cosa que se moviera; muy pronto me darían el diploma del despertar. JAJAJAJA, cuánta verdad, exquisito sarcasmo… Tomar la distorsión por realidad. Traumatizada hasta las trancas. De no ser por la escritura, mi vida también sería una auténtica estafa. Ir al papel y que mi existencia sea palpable y yo me convierta en un ser de verdad. Gracias, querida Isa, gracias. Un beso,
Melissa
Hace poco hice el Camino de Santiago, leí en el libro de Mardía Herrero, “ Peregrina”, que caminar El Camino es acompasar tus pasos al latido de tu corazón. Yo sólo puedo decir que sentí que es cierto, los latidos del corazón se acompasaban con cado uno de mis pasos, sentí que tienen un lenguaje que no viene de la mente, un lenguaje sutil que va mucho más allá. Dicen, que El Camino de Santiago es una metáfora de la vida, que es luz y guía, que el Camino provee. Te da lo que necesitas cuando lo necesitas. Si todo esto es cierto, yo sólo sé que mis pasos, (aún no sé en qué dirección) me llevaron a ti, Isa, y que contigo, en tus acompañamientos, en esa combinación del Escribir y el meditar, encontré: un camino, un soporte, una guía, una maestra. Poco tengo que decir ante un corazón tan generoso como el tuyo que se abre con sus luces y sus sombras, y lo comparte, lo comparte abierto en canal. GRACIAS por tu autenticidad. Gracias por ese lenguaje sutil (o no) que va mucho más allá. Puede que tengas razón en lo que dices de que: puede que seas “lo opuesto a una meditadora ejemplar, pero que es lo que hay, que quizás por ser lo que hay ya tenga valor”. Yo, no puedo sentirme más afortunada de compartir camino contigo.
Te achucho fuerte
¡Qué pasada Isa! Me ha encantado. ¡Preciosísimo!
Un abrazo enorme.
…he acabado el texto emocionada, no triste, sino con una emoción que no se.describir. Me he visto en tu espejo, en tus dudas, en tu andar en circulos y en tu desandar….tenías que haber vivido así, con esa intensidad y esa sensación de estar perdida para poder aprender tanto y tan profundamente. Para estar dispuesta a entender, a guiar y a compartir tan generosamente. Gracias por tu coraje, por tu apertura, por tu cariño…
❤
Gracias Isa por compartir tu historia. Te felicito por tu valentia, tu superación y tu humanidad.
Te comprendo perfectamente. En 2008 murió mi padre, en 2009 mi madre y en 2011 mi hija de 25 años. Escribir ha sido una de mis tablas de salvación. En 2021 publique un libro explicando la historia de mi hija, mi acompañamiento y la superación del dolor (dedicado a su memoria y por los 10 años de su muerte) Me encantaría que pudieras leerlo. Su título es “Amor Infinito”.
Un abrazo con el corazón.
que texto tan duro y autentico.
cuanto sufrimiento en tu vida, pero que fortaleza la tuya para seguir adelante.
y cuanta mala suerte. Yo por lo menos lo veo así.
Un abrazo enorme.