El estrés y la neurosis congénita de esta sociedad nos lleva a la hiperactividad, como si el mundo entero fuese una enorme fábrica donde tenemos que esforzarnos diariamente —en una cadena de montaje deshumanizada— para fabricar no solo nuestra propia vida sino también la de los demás.
Actuamos así también cuando nos ponemos a meditar. Encendemos la barrita de incienso, disponemos el cojín, nos sentamos en la postura recomendada, cerramos los ojos, ponemos cara de solemnidad, tratamos de relajarnos con una respiración acompasada o con una musiquita envolvente, limpiamos nuestra mente de cualquier impureza que provenga de nuestra inercia cotidiana y, solo entonces, nos «ponemos a meditar». Como si meditar fuese algo diferente de descubrir a nuestra mente in fraganti, observar atentamente sus mecanismos y tendencias como único medio para paliar tanta reactividad y esfuerzo. Un sinónimo de «realización», en términos meditativos, sería «no fabricación».
Y a la hora de escribir nos suele ocurrir exactamente lo mismo. Por ejemplo, con mucho esfuerzo, has logrado encontrar una ideita germinal para una narración: se te ha ocurrido una situación curiosa con un personaje en conflicto y la atmósfera propicia para investigar en una temática determinada…
Entonces, te sientas delante del ordenador y, partiendo de la incipiente idea, empiezas a configurar desde cero la historia sobre la pantalla en blanco: eliges un tipo determinado de narrador, describes el escenario donde se desarrollará la acción, presentas a tu protagonista (al que atribuyes determinadas características y tipología, y tratas de darle coherencia), das las explicaciones que procedan para que el lector entienda lo que le vas a contar a continuación… Y una vez que está todo aquello bien aseadito y amarrado, ya sí, te pones a contar esos hechos que tanto te había costado idear.
Con tu afán de control machacas de antemano, esa idea que habías tenido y, en lugar de dejarla nacer y florecer en el mundo de lo tangible, propicias un aborto. Compartir en X
Lo malo es que para entonces lo más posible es que al lector le haya dado tiempo a desconfiar de una voz narrativa arbitraria, preguntarse quinientas veces de qué diablos le estás hablando, aburrirse mortalmente con un personaje anodino todavía sin conflicto y desconectarse de un montón de explicaciones que, sin saber aún a qué se refieren, resultan totalmente superfluas.
En la manera de escribir que te he descrito, hay demasiado esfuerzo y demasiada fabricación.
Es decir, con tu afán de control machacas de antemano, esa idea —seguramente maravillosa y gestada por tu inconsciente— que habías tenido y, en lugar de dejarla nacer y florecer en el mundo de lo tangible, propicias un aborto.
Toda historia pide ser desvelada desde tiempos sin principio, con delicadeza y amor, y no «fabricada» desde cero con escuadra y cartabón. Compartir en X
Toda idea tiene un contexto, que es tu mente (la cual, por fortuna, nunca se detiene), todo personaje surge con su pan —su conflicto y su inercia, a veces añeja— debajo del brazo, todo argumento pide una voz, y toda voz porta intención. En definitiva, toda historia pide ser desvelada desde tiempos sin principio, con delicadeza y amor, y no «fabricada» desde cero con escuadra y cartabón.
Cuando comienzas a escribir un relato has de buscar, permitir y respetar —con máxima suavidad y escrúpulo— todas las marcas y efluvios que traiga tu idea con ella. Esas marcas son tu guía, las pistas que has de rastrear con máxima apertura y flexibilidad. A veces huelen a putrefacción o lo ponen todo perdido de vísceras. A veces el personaje llega a escena moqueando o con una pierna más larga que otra o con hemorroides. A veces el narrador es un gruñón de mucho cuidado.
El problema radica precisamente en que solemos tratar esas señales como si fuesen borrones, imperfecciones, temblores que nos hacen salirnos del rígido perfil que queremos —que creemos que hemos de— colorear. Y, de esa manera, lo que pasa es que antes incluso de ponerte a escribir has solidificado la idea, has estrangulado a tu personaje para que se estuviese quieto de una vez y has limpiado, a conciencia, la escena del crimen. Es decir, te has cargado las pistas que te iban a conducir a lo largo del relato y no te queda nada mínimamente auténtico e interesante sobre lo que escribir.
A continuación te doy algunas pautas que te pueden ayudar con esto:
1. Permítete el error y la imperfección. Para no perder el contacto con la fuente de la creatividad (el inconsciente) es necesario no forzar nada, y para eso hay que permitirse hacer lo que una parte nuestra considera erróneo. De lo que se considera socialmente erróneo, de hecho, suele provenir la genialidad.
2. Contempla a tus personajes como personas completas que existen al margen de ti. Igual que tus animales de compañía o tus hijos no son en realidad «tuyos» —o solo dentro de una concepción estrecha y egocéntrica—, tus personajes son entidades que no te pertenecen ni creas tú. Digamos que aparecen a través de ti (como los hijos), y tú lo único que tienes que hacer es favorecer o iluminar esa presencia dentro del relato.
3. Los personajes tienen una vida previa a su aparición en la narración. Aunque iniciemos la historia mientras la protagonista conduce hacia su trabajo a la edad de 37 años, esa persona no está en blanco. Ha tenido una infancia, unos padres, ha desarrollado ciertas tendencias, ha pasado por determinadas relaciones, se le ha roto el corazón algunas veces, etc. No es necesario que, como escritores, sepamos todo eso, ni desde luego que lo narremos, pero sí que lo tengamos en cuenta, y que nuestra forma de conectar con nuestros personajes sea parecida a cuando conocemos a alguien en nuestra vida real, alguien cuya complejidad sabemos que va mucho más allá del contexto y momento puntual en que nos la encontramos.
4. Confía en tu corazón y en tu intuición, más que en tus razonamientos. En un relato no hay nada que entender; hay que vivirlo. Así que más vale que te mantengas conectado a ese hilo de vida, en lugar de a un hilo mental. Atraviesa el vértigo que produce la ausencia de lógica y permite que la historia se cuente a sí misma. Tú eres un transcriptor de las señales vitales que te atraviesan, y lo que está pasando va más allá de tus posibilidades de raciocinio. Solo puedes acceder a cierta comprensión intuitiva, panorámica y no lineal.
5. Deja que tus personajes se presenten a través de sus acciones. No trates de encapsularlos en el ámbito de lo descriptivo. La vida es movimiento y un relato es acción. A través de lo que hacen en un contexto temático determinado, se desvela la complejidad de las personas, y también de los personajes. Y no lo olvides: no eres tú quien los hace actuar. Son ellos los que te llevan a ti, y no tú a ellos.
6. Sumérgete en la escritura desde el desconocimiento y la humildad. Tu maestría a la hora de escribir tiene que ver con aceptar que tú no pintas nada, o que lo que pintas es como mero vehículo o conductor para que la fuente de la creación conecte con sus criaturas y las ame. Como una criatura más, formas parte de todo eso, te puedes beneficiar de ese amor y del gozo añadido de propiciar que lo sientan las otras personas a través de esos personajes que unen el mundo de lo intangible con el mundo de lo encarnado. Pero no eres ni el fabricante ni el dueño de nada.
Espero haberte podido ayudar a escribir sin fabricar, a ver si entre todos logramos quitarnos la pesada losa que pone a los creadores una sociedad basada en el consumo, el individualismo y el ego.
2 respuestas
Gracias, Isa. Me emociona mucho esto que compartes. Me recuerda al trabajo que hice en teatro gestalt donde los personajes que encarnaba me hablaban de una parte mía que no había aflorado y que necesitaba ver la luz. No había intelectualización salvo rasgos muy superficiales..Y siempre siempre desde el cuerpo aparecían esa pistas de ese ser que estaba en mí y venía a revelarse con toda su fuerza. Impresionaba a veces, era como una posesión, un trance tan creativo como desidentificarme de mis creencias e introyectos por un momento y dejar que fluyera ese personaje que había sido acallado y quería salir.
Es una vivencia que me ha reconciliado con esa parte esencial que tan constreñida está y que es la cuna de mi ser creativa.
Muchas gracias, Isa, qué valioso todo lo que nos transmites sobre la narración. Lo guardaré como referencia para antes de ponerme a escribir. Un abrazo enorme.