Estoy en un retiro de silencio. Se supone que eso significa «no hablar». La verdad es que significa algo más. Significa dejar por un rato de enfocarme en los demás y en el ruido del mundo y pasar a estar conmigo misma.
Eso no apaga el ruido, que reverbera también en mi interior (son tantos años absorbiéndolo…), pero se pone de manifiesto algo más, algo de lo que no puedo escaparme, pues solo hay una interlocutora, y esa interlocutora soy yo.
Estar así, sin ruido de fuera con el que distraerme y al que echarle la culpa, percibiendo como con lupa todo lo que ocurre en mí: notando todas las células de mi cuerpo como si fuesen un campo de girasoles; sintiendo cada emoción que alza el vuelo como un pájaro en la mañana; viendo cada pensamiento como un reactor que parte el cielo por la mitad… es francamente incómodo, y atravesar esa incomodidad que pita en mis oídos es la única forma de acceder al silencio.
Crees que necesitas el control para vivir. Pero eso no es vida, sino una cárcel. Compartir en X
El caso es que los asuntos de fuera (mi vida, mis conflictos, mis relaciones, mis fantasmas, mi «ruido» particular) no se han quedado, esta vez, fuera del retiro de silencio.
Los llevo dentro.
En el silencio, adquieren otra textura, menos rígida aunque más llamativa, menos sólida aunque más insidiosa. Digamos que puedo permitirme digerirlos, pero no es una digestión fácil.
Asoma todo eso que no quiero ver, todo eso que el ruido tapa en mi día a día. Veo mis distorsiones. Veo mis límites. Veo mis inercias. Odio ver todo eso, porque al verlo en silencio, cara a cara, parece que empieza a disolverse, y una parte de mí cree que sin ello la vida me va a comer.
¿Cómo voy a volver a casa sin esas rigideces, sin esas corazas, sin esos mecanismos de defensa, sin esas formas de afrontamiento que me salvan del caos de lo desconocido?
Deja que el silencio te hable, Isa.
Él sabe más que todo lo que usas para escaparte de él. Crees que necesitas el control para vivir. Pero eso no es vida, sino una cárcel. Hace unos días, en sesión de terapia, sentías el estómago revuelto y, al preguntarle qué le pasaba, te dijo claramente que quería escapar de ti. Tu propio estómago. ¡Habrase visto!
Y es que has convertido a tu cuerpo en una cárcel.
Hasta ahora era la única forma de subsistir, había tantos cables enredados en tu mente, que como para ocuparte del cuerpo… Te ha llevado más de veinte años desenredar todo aquello, echar abajo los muros de cemento que te hicieron creer que eran la realidad. Y ahora que sabes que en la realidad no hay muros que valgan, resulta que tus órganos (tu estómago, tu corazón, tu garganta, tu vientre, tus extremidades…) quieren ser libres. Tontos no son, desde luego, es como si te dijeran: «ahora nos toca a nosotros, ¿no crees?». Cuando naciste, nació contigo la tensión en las mandíbulas, el agarrotamiento en la garganta, la alerta en tu sistema nervioso, el vacío abrumador en tu estómago, el latido acelerado, la respiración superficial, como para no molestar a nadie desde el principio en un mundo en el que no sentías que fueras bienvenida.
Pero ahora todo ese agarrotamiento corporal no parece tener razón de ser, porque tú ya sabes.
¿Entonces?
Sientes un deseo desatado de libertad que en el juego de espejos del silencio se multiplica sin fin y te exaspera. Quieres romper con un grito todos esos espejos, abres tu boca para hacerlo, pero de ella solo sale un suspiro, una lenta exhalación que relaja un poco tu garganta y tus pulmones.
Te entran ganas de llorar.
Eso es lo que hay por ahora, Isa, no seas ambiciosa. Han sido muchos años —quizá muchas vidas— con el paso cambiado. Ahora, solo queda la amabilidad. Lo salvaje, que permanece agazapado dentro de ti, tendrá que esperar.
O no.
Sueñas con fieras salvajes, y te encanta. Puede que tenga que ver con tu femineidad encapsulada y amaestrada a conciencia por el sistema desde que naciste Compartir en X
Últimamente, sueñas con fieras salvajes, y te encanta. Puede que tenga que ver con tu femineidad encapsulada y amaestrada a conciencia por el sistema desde que naciste. Si sueñas muchas veces con fieras salvajes, piensas, un día saltarás de la cama convertida en tigresa. Que se preparen tus gatos. Que se preparen tus hijos. Que se prepare el sistema. Te estás leyendo Mujeres que corren con lobos, que habla del arquetipo de «la mujer salvaje». A saber en qué puede acabar todo esto. A saber por qué estás dejando salir este torrente de palabras y qué tiene que ver con el silencio.
Te acabas de dar cuenta de algo: estás cabreada. Estás realmente furiosa.
Sientes dentro la furia de millones de generaciones de mujeres silenciadas. Has necesitado muchos años desenredando la madeja de tu alma y muchos retiros de silencio para poder escuchar con claridad el ruido de tu furia.
Aquí estás, sentada debajo de un árbol, con el sonido del viento despeinándote y el canto de una fuente cercana.
Y la furia.
Te acuerdas de la canción de Simon y Garfunkel «Los sonidos del silencio».
Quizá necesitemos el silencio para romperlo de verdad. Compartir en X
De vez en cuando, el viento trae gotitas de agua hasta tu cara, y sonríes, en silencio. Hablas contigo misma —incluso gritas— a través de esta nueva técnica de la escritura silenciosa (¿o furiosa?), y las tensiones de tu cuerpo te dicen que todo está bien, que seas paciente, que Roma no se construyó en un día. Pero que no vas mal si eres capaz de sentir, sin acritud, la ira que te embarga y que te enseñaron a suprimir.
Quizá necesitemos el silencio para romperlo de verdad. Llevas gran parte de tu vida escuchando y callando, o hablando sin decir lo esencial. Solo el silencio te puede mostrar lo que precisa ser dicho y lo que es mejor callar.
Y ahora cállate, Isa, cállate de una vez.
Escucha el viento, el agua, las hojas, las moscas. Válete de los sonidos del silencio para sentir la inmensa energía de tu furia, y así podrás transformarla, poco a poco, en la palabra y el acto precisos. El «no» cuando se necesita un «no» y el «sí» cuando toca abrir la puerta del corazón. Y no al revés.
Aprende.
Aprende de los árboles, del viento, de las moscas, de las fieras salvajes, de tu estómago, de tu garganta, de tu vientre y de tu corazón, que saben perfectamente lo que sí y lo que no, de ninguna manera, ni una más, se acabó, hasta aquí, porque sobre mi vida decido yo.
9 respuestas
Gracias Isa, por tu sinceridad sin paños calientes. Estoy pasando un momento difícil y me ayuda mucho conectar con tu sentir de mujer furiosamente consciente del ruido y de las emociones tantas veces tapadas. Gracias por compartir, somos muchas. Un abrazo.
Isa-bella, qué bueno leerte. Debe estar en el éter el canto de los huesos! Yo me encuentro pariendo a mi fiera, para que la furia que me habita no la proyecte furiosamente contra mi. Qué fácil es buscar culpables fuera, eclipsar nuestra responsabilidad con verdugos y caer en el rol de la víctima, justificado o no. Esa furia santa, tan destructiva en el cautiverio de la represión me ha abierto los ojos a mi vulnerabilidad. Desde ese espacio de máxima blandura estoy pudiendo abrazar a cruela y te confieso, que también ella en su vileza, no puede más que llorar. Benditas lágrimas. Duele, si, y mucho, pero agradezco ese dolor infinito, que aunque me parta en pedazos, amaina mi fiera, la acuna, y juntas, ensangrentadas y en llamas, caminan hacia las aguas calmas de la transformación de esos ciclos vitales muerte-vida-muerte. Las cenizas, los huesos y el canto de mi alma. ☀️
Gracias infinitas por traerme de nuevo la necesidad de Ser conmigo sin distracción alguna.
Somos muchas
gracias Isa
Muchas gracias, Isa. Yo también me leí el libro Mujeres que corren con los lobos, y al leerte me he dado cuenta de que me impactó mucho más de lo que era consciente. De hecho, creo que me transformó, y hasta el día de hoy (lo leí hace veinte años) sigue latiendo en mí la rabia que me produce el hecho de que me haya sentido silenciada una y otra vez por intentar expresar mi propia percepción del mundo. Oí esa misma llamada selvática que tan bien has reflejado y siento una honda alegría al saber que tú también la has oido. Un abrazo enorme.
Hola Isa, leyendo tu post he descubierto algo que aún no tenía claro, la importancia de ser capaz de convivir con el silencio para llegar a esas zonas personales que nos siguen perturbando y no nos deja avanzar.
Pienso que cuando verbalizamos aparece sin darnos cuenta mucha justificación y culpabilizacion que enmascaran el proceso de sanación
Gracias.
¡Qué bien lo dices, Isa !… Tanto que parece fácil. Gracias.
Muchas gracias por compartir esta experiencia. Me ayudan mucho estas reflexiones en estos momentos de mi vida.
Te acuerdas de la canción de Simon y Garfunkel «Los sonidos del silencio».
preciosa canción.