El poder de las pequeñas historias III: La continuidad

2810_La-continuidad-9-cuentos-Salinger

(Estoy realizando un análisis de ‘9 cuentos’, de J.D. Salinger. Si quieres leer el análisis anterior, del relato «El tío Wiggily en Connecticut», pincha aquí). 

3. La continuidad en «Justo antes de la guerra con los esquimales»

Antes de leer el análisis, te recomiendo que leas el relato que puedes encontrar aquí.

Este relato es, en contraste con el anterior, ágil y ligero, como una mariposa que pasa a nuestro lado y nos roza el brazo con las alas. Cuando queremos recordarlo nos queda solo una especie de cosquilleo en la piel. No es sólido ni memorable. Es un ratito fragoroso y primaveral. Unos minutos de espera —como un recreo en que la vida se quita su traje solemne— a lo largo de los que una adolescente se descubre, de repente, adulta, gracias a un joven que la trata como a tal, con respeto y espontaneidad. El chico la saca así de su obstinación y acartonamiento y la lanza a la vida entregándole por todo equipaje medio bocadillo de pollo.

Es un texto sin dobleces, en el que se puede percibir con precisión la continuidad narrativa que todo buen texto debe tener. Ángel Zapata dice al respecto en La práctica del relato: «Un texto narrativo se lee con facilidad, proyecta su historia en nuestra mente de un modo ligado y continuo, si la escritura, a medida que avanza, no cesa de recordarnos el contexto de la acción. O lo que es igual: buena parte de la capacidad de un texto para mantener nuestra atención estriba en la redundancia».

Ahora veamos el diálogo del comienzo:

—Oye, Selena…
—¿Qué? —dijo Selena, ocupada en tantear con una mano el suelo del taxi—. ¡No encuentro la funda de mi raqueta! —se lamentó.

Pese a la templada temperatura de ese mes de mayo, las dos chicas llevaban abrigos sobre sus pantalones cortos.
—La guardaste en el bolsillo —dijo Ginnie—. Escúchame ahora…
—¡Oh, menos mal! ¡Me has salvado la vida!
—Oye —dijo Ginnie, a quien no le interesaba la gratitud de Selena.
—¿Qué?

Ginnie decidió ir al grano. El taxi se estaba acercando a la casa de Selena.
—No tengo ganas de cargar otra vez con el pago de todo el viaje —dijo—. No soy millonaria, ¿sabes?

Selena puso primero expresión de asombrada, después de ofendida:
—¿Acaso no pago siempre la mitad? —preguntó con ingenuidad.
—No —replicó Ginnie rotundamente—. Pagaste la mitad del primer sábado, a comienzos del mes pasado. Y desde entonces, nunca más. No quiero ser mezquina, pero estoy viviendo con cuatro dólares y medio por semana. Y de ahí tengo que…
—Yo siempre traigo las pelotas de tenis, ¿no es cierto? —preguntó Selena con tono desagradable.

A veces Ginnie sentía ganas de matar a Selena.
—Tu padre las fabrica o algo así —dijo—. No te cuestan nada. Yo tengo que pagar hasta la más mínima cosa que…
—Está bien, está bien —dijo Selena levantando la voz y con un aire de suficiencia como para asegurarse la última palabra.

En forma displicente, se revisó los bolsillos del abrigo.
—Solo tengo treinta y cinco centavos —dijo, fríamente—. ¿Es bastante?
—No. Lo siento, pero me debes un dólar sesenta y cinco. He llevado la cuenta de cada…
—Tendré que subir y pedírselo a mamá. ¿No puedes esperar hasta el lunes? Podría llevarte el dinero a la clase de gimnasia, si eso te hace más feliz.

La actitud de Selena no invitaba a la clemencia.
—No —dijo Ginnie—. Tengo que ir al cine esta noche. Necesito dinero.

Veamos las palabras que he señalado en negrita: taxi – raqueta – gratitud – taxi – pago – millonaria – asombrada – ofendida – pago – mitad – mitad – mezquina – cuatro dólares y medio – raquetas de tenis – desagradable – cuestan – pagar – suficiencia – displicente – treinta y cinco centavos – fríamente – bastante – debes – un dólar sesenta y cinco – cuenta – dinero – clemencia – dinero.

La continuidad en la narrativa es como el latido del corazón: constante, sin llamar la atención, pero vital para dar vida a una historia. Compartir en X

Ya por las palabras repetidas y los campos semánticos similares no cabe duda de qué se nos está hablando aquí en el plano de la acción. Y en el plano de la trama se nos muestra a dos adolescentes orgullosas, una de las cuales necesita claramente reafirmarse ante la otra, y de ahí su obstinación en que le dé el dinero que le debe de los viajes de taxi. El dinero no tiene excesiva importancia en sí, sino por la implicación de poder psicológico de la una con respecto a la otra.

La cosa sigue en esta línea, entre pullas relacionadas con el dinero, hasta que Selena dice a Ginnie que espere en la sala a que le pida a su madre —que está enferma— el dinero. De pronto Ginnie se ha instalado sin querer en la intimidad de la familia de su contrincante. En ese momento aparece en la sala el hermano de Selena, Franklin.

Al principio la conversación versa en torno al dedo ensangrentado de Franklin. Después —y sin abandonar el dedo— se introduce el tema de Joan, la hermana de Ginnie, y vamos descubriendo que Franklin ha estado enamorado platónicamente de ella durante más de un año, y ahora la odia. A continuación se introduce el medio bocadillo de pollo. Luego se sigue con Joan y de ahí sale el tema de la estancia de Franklin en Ohio, de donde se pasa a la enfermedad cardiaca de Franklin y de ahí a la fábrica de aviones, algo que acaba de deslumbrar a Ginnie. Luego se introduce el tema del enrolamiento y los esquimales, el dedo otra vez y la guerra, a la que Franklin no va a ir. A continuación Franklin dice que va a afeitarse y le pide a Ginnie que cuando venga su amigo le diga que estará listo en seguida. Después otra vez el dedo. Franklin se va y vuelve con el medio bocadillo de pollo, que les da para otro rato de charla.

Como se puede ver, la charla avanza en una especie de trenzado semántico y en ningún momento nos perdemos, ni perdemos una sola pieza de información. Y eso que nada parece ser especialmente relevante; pero tal como se nos presenta y gracias a la continuidad, se nos hace tan digerible como indigesto le resulta a Ginnie el mordisco que da al bocadillo de pollo.

En el plano de la trama, a lo largo de esta conversación Franklin, con su dedo recién cortado, su lenguaje soez y su sincera frescura va echando abajo la armadura de Ginnie, de modo que ella pasa de verle como un tonto ridículo a admirarle por su recorrido vital, alguien, en cualquier caso, bastante más experimentado que ella.

En ese momento entra en la sala el amigo de Franklin, que ronda los treinta años e impresiona a Ginnie de entrada. Eric la trata, al igual que Franklin, con inusitado respeto y cordialidad, de igual a igual. Comienza a hablar del «escritor» con el que comparte piso. Después hablan del abrigo de pelo de camello de Ginnie y de ahí pasan a sus respectivas madres. A continuación salen a colación los perros y luego La bella y la bestia, de Cocteau. Luego Eric le cuenta que Franklin y él trabajaron juntos y cómo aquel le llevaba a ver películas de pistoleros, musicales… De ahí pasan a la fábrica de aviones… y ahí les interrumpe Selena.

De nuevo todo está trenzado para, en el plano de la trama, dar —a través de Eric— el toque de distinción a Franklin que quizá le faltaba aún a los ojos de Ginnie. Así, la mirada de Ginnie —contagiada de la que le lanzan a ella— termina de adquirir humanidad. Pasa de ser fría y egoísta —de ver a Franklin como un estúpido— a ser cálida y generosa —a ver a un Franklin aventurero, mundano, interesante, lleno de matices, con un toque de fragilidad que le permite cuidarlo y un toque intrépido y rebelde que le permite admirarlo—.

Después de este tránsito, Ginnie ya está preparada para mirar a su amiga también con otros ojos más amplios y generosos, limpios de mezquindad. Veamos la conversación que tiene.

[…]
—Lamento haberte hecho esperar —dijo Selena mintiendo—. Tuve que esperar a que mamá se despertara… Hola, Eric.
—¡Hola, hola!
—De todos modos, el dinero no lo quiero —dijo Ginnie, en voz baja para que solo la oyera Selena.
—¿Cómo?
—Estuve pensando. Después de todo, tú siempre traes las pelotas de tenis. Me había olvidado.
—Como dijiste que yo, en cualquier caso, no las pagaba…
—Acompáñame a la puerta —dijo Ginnie, dirigiéndose a la puerta, sin decir adiós a Eric.
—¿Pero no dijiste que esta noche ibas al cine y necesitabas el dinero y qué sé yo? —dijo Selena en el vestíbulo.
—Estoy muy cansada —dijo Ginnie. Se inclinó y recogió todas sus cosas de tenis—. Escúchame. Te llamaré después de la cena. ¿Haces algo especial esta noche? A lo mejor, me doy una vuelta por aquí.

Selena la miró extrañada y dijo:
—De acuerdo.

Ginnie abrió la puerta del piso y caminó hasta el ascensor. Apretó el botón.
—He conocido a tu hermano —dijo.
—¿De veras? ¿No te parece un personaje?
—Por cierto, ¿a qué se dedica? —preguntó Ginnie con fingido descuido—. ¿Trabaja o qué?
—Acaba de abandonar los estudios. Papá quiere que vuelva a la universidad, pero él no va a ir.
—¿Por qué no?
—No lo sé. Dice que está muy viejo y todo eso.
—¿Cuántos años tiene?
—No sé. Veinticuatro.

Se abrieron las puertas del ascensor.
—¡Te llamaré más tarde! —dijo Ginnie.

Una vez fuera del edificio empezó a caminar hacia la avenida Lexington para tomar el autobús. Entre la Tercera y Lexington metió la mano en el bolsillo para sacar el monedero y encontró el bocadillo. Lo extrajo y empezó a bajar la mano para dejarlo caer en la calle, pero volvió a guardarlo en el bolsillo. Pocos años atrás, le había llevado tres días tirar el pollito de Pascua que había encontrado muerto en el serrín del fondo de su papelera.

Veamos las palabras en negrita: mintiendo – dinero – pelotas de tenis – pagaba – puerta – puerta – noche – dinero – cosas de tenis – cena – noche – extrañada – puerta – ascensor – fingido – trabaja – estudios – universidad – viejo – años – veinticuatro – puertas – ascensor – tarde – avenida – Lexington – Tercera – Lexington – monedero – bocadillo – dejarlo caer – calle – años – tres días – tirar – pollito.

Así que la conversación vuelve a versar sobre el dinero, pero el sentido de las palabras se invierte, y los números ya no se corresponden con dólares y centavos sino con años, días o calles. Ginnie ya no necesita reafirmarse con las cifras.

Lo cotidiano, cuando se observa con atención, tiene una continuidad que nos revela el alma de las personas Compartir en X

Podríamos pensar que la razón por la que renuncia al dinero que Selena le debe es que quiere quedar bien con ella para poder volver a ver a su hermano. A mi modo de ver, la trama es más sutil. A veces nuestra mezquina visión del mundo nos hace despreciar a las personas que nos rodean, pero si nos internamos en su universo y en él somos tratados como personas dignas de respeto, de pronto nuestra visión se amplía, y podemos contemplar al otro como un ser complejo y comprensible que, como nosotros, tiene sus cualidades y defectos. Se llama empatía y nos hace generosos, nos devuelve la sensibilidad.

Podríamos decir que la dignidad que Ginnie buscaba en el dinero —ahí donde nunca la hubiera encontrado— se la regala altruistamente el hermano de aquella sobre la que quería imponerse monetariamente. A mayor escala, estos son los efectos del amor: alguien a quien admiramos —y de quien quizá no nos consideramos dignos— nos regala su atención y su respeto, y esa nueva visión de nosotros mismos nos hace abiertos y generosos no solo hacia quien nos hizo el regalo sino hacia todos los que nos rodean.

Así, el pollito muerto que Ginnie tardó tres días en decidirse a tirar unos años atrás se ha transformado en medio bocadillo de pollo vivo y palpitante, en esa extraña ofrenda de un corazón enfermo pero generoso al que ella quiere cuidar para que esta vez no se le muera.


(Continuará con el análisis del 4º relato de ‘9 cuentos’).

Un comentario

  1. Gracias Isa por hacernos ver por medio de este relato la importancia de la empatia en el crecimiento personal y a la vez como ayuda en situaciones concretas a superar muchos malos royos.
    Un abrazo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

2810_La-continuidad-9-cuentos-Salinger
¿Quieres conocer nuestros cursos?

Suscríbete