Voy con mi hijo Ari a visitar a mi madre a la residencia. Hace tiempo que no voy. Siempre me parece que voy menos de lo que debería. Con el solo pensamiento de mi madre viene incorporada la culpa. Hace tiempo decidí que no iría a verla por sentimiento de culpa, sino solo cuando quisiera verla. Y así lo hago. Pero, aun así, la culpa siempre acecha en mi garganta cuando se trata de mi señora madre.
También procuro ir cuando está allí Vicky, la mujer boliviana que la cuidó en su casa los últimos diez años y que, desde que mi madre está en la residencia, va a verla todos los días un rato. Las dos se adoran mutuamente, y a mí Vicky me sirve algo así como de conductora de ternura. La comunicación entre mi madre y yo sospecho que nació ya rota, y solo en presencia de Vicky logro trasladarle mi cariño, aunque las palabras siguen quedándoseme atascadas por debajo de la garganta, en la línea fronteriza entre la culpa y la rabia. Así que para ver a mi madre necesito dos escudos protectores: Vicky y uno de mis hijos, ya que ellos son inmunes al virus emocional que se activa y multiplica en mí tan fácilmente en presencia de mi madre (el virus que me traspasó y que ella misma ha portado durante toda su vida) y que puede dejarme para el arrastre una o dos semanas, invadida de culpa, rabia, tristeza y autodesprecio.
Llegamos. La monja de la entrada nos hace firmar, y subimos a la primera planta. La habitación de mi madre está vacía. Qué raro que Vicky no esté todavía aquí. Nos dirigimos al salón donde tienen a todas las ancianas, cada una en su sillón, dejando pasar los segundos, los minutos, las horas, los días y los años. Sin mirar mucho el panorama deprimente y cerrando los oídos a los gemidos, las quejas y los insultos, atravesamos la sala para llegar hasta el sillón donde mi madre dormita. Cuando le rozo el brazo, abre los ojos, que de repente se le iluminan.
—¡Habéis venido a verme! —dice—. ¡No sabía que vendríais!
—Sí, mamá, hemos venido a verte —le digo—. ¿Vamos a la habitación?
—¿Qué?
—¡Que vamos a la habitación! —he de gritar.
—Sí, a ver si me puedo levantar…
Mi madre hace el infructuoso intento de levantarse. Ari y yo la cogemos cada uno de una axila y la alzamos con esfuerzo. Llevándola cada uno de un brazo, tardamos como un siglo en atravesar la sala, seguidos por miradas lánguidas y envidiosas. Recorremos a paso de pulga el largo pasillo, hasta su habitación. La sentamos en la butaca, Ari se sienta en la cama y yo en el andador. Miro el móvil.
—Qué raro que no haya venido Vicky —le digo a Ari—. Voy a mandarle un mensaje.
Envío un mensaje a Vicky, diciéndole que ya estamos aquí. No salen las dos rayitas de recibido.
—Qué raro —repito, preocupada.
Percibo claramente la desprotección de uno de mis flancos. A ver si vamos a tener que estar solos con mi madre. Es casi imposible comunicarme con ella, por su sordera y mi bloqueo.
—¿Cómo estás, mamá? —le pregunto.
—Qué.
—¡¡Que cómo estás!!
—Pues aquí, todavía no me he muerto.
Es su típica respuesta, que se me clava en el costado, como si yo estuviese deseando que se muriera y me tuviese que sentir mal por ello. Miro el móvil. Vicky aún no ha visto mi mensaje. ¿Qué pasará?
—¿¡Y qué haces, ayaya!? —le pregunta Ari (cuando él y Elmo eran pequeños hablábamos de ella como «la yaya», pero ellos se quedaron con que era «la ayaya»).
—Aquí, encerrada en esta cárcel —dice mi madre.
—Bueno, mamá, no exageres, no es una cárcel… —le digo.
—Tú qué sabrás… Lo que pasa es que a mí no me gusta quejarme…
Otra puñalada de culpa.
—Menos mal que ando mucho y me mantengo en forma —dice.
—¿Andas mucho? —le pregunto, cazando al vuelo el cambio de tema.
—Mucho, por lo menos dos kilómetros al día.
—Qué bien, la verdad es que estás muy sana.
—Poco plato y mucha suela de zapato —suelta mi madre.
Ari y yo nos reímos, porque nunca habíamos escuchado ese dicho. Ella se ríe también. Se la ve más animada.
—Ando mucho —dice—. Y también leo. Leo mucho.
—Claro, mamá. Eso es importante…
Ni camina ni lee, pero verse con las capacidades de antes es su forma de no hundirse en la miseria. Nos quedamos en silencio. Vuelvo a mirar el móvil. Nada, una sola rayita en el mensaje que le he mandado a Vicky. Nos va a tocar rellenar (pero ¿de qué?) una hora repleta de minutos y segundos.
Se me ocurre enseñarle a mi madre la foto que me mandó mi hermano, de la última vez que la fue a ver con mi hijo. Sale la cara de mi hijo Elmo junto a la de ella.
—Mira —le digo.
Mi madre pone cara de asco y aparta el móvil con la mano.
—No me gusta verme. Estoy horrible.
—No estás horrible, mamá. Es la edad.
—No me llevo bien con la edad.
—Ya.
—Estoy vieja. Estoy tan vieja que no sé ni cuántos años tengo…
—Tienes noventa y un años, mamá.
—¿Cuántos?
—¡Noventa y uno!
Mi madre abre mucho los ojos.
—¡Qué horror! —dice.
—Ya, son muchos años. Pero estás muy bien.
—Sí, menos mal que ando mucho…
—Poco plato… —dice Ari.
—…y mucha suela de zapato —termina la frase mi madre, y nos reímos los tres.
Nos quedamos callados. Miro el móvil. Nada.
—¿Te acuerdas de tía María, mamá? —le pregunto.
—¿Quién?
—¡Tía María, la hermana de papá!
—Sí, claro, María… Era una mujer muy especial… Yo no sé cómo le daba tiempo a hacer todo lo que hacía…
—Sí —le digo—. Ella decía que cuando se miraba la cara llena de arrugas, no se lo creía, porque por dentro era una niña. Se me quedó grabado eso que decía.
Mi madre asiente, con tristeza.
—¿Cuántos años me has dicho que tenía?
—Noventa y uno.
Sacude la cabeza.
—Esto se hace muy largo.
—Sí que es larga la vida, sí…
Nos volvemos a quedar en silencio. Miro el móvil. Ari le habla a mi madre de los estudios, del trabajo, de que se irá de viaje a Viena en verano…
—¿Tú te acuerdas de los viajes que has hecho, mamá? —le pregunto.
—Yo, viajes, no.
—Sí, claro que has viajado. ¿Te acuerdas de que fuiste a Budapest con papá?
—¿A dónde?
—¡A Budapest!
—Ah, pero eso fue visto y no visto… Estuvimos muy poquitos días, era un viaje de trabajo de tu padre.
—Pero has viajado más. A París, por ejemplo.
—¿A dónde?
—¡A París!
—Ah, sí, bueno, a París… ¿He viajado a París?
—Claro, mamá, allí vivía Maruja —Maruja era su mejor amiga.
—Maruja… Pero Maruja está muerta… —dice, con tristeza.
—Sí, pero tú fuiste a verla a París. Y también viviste allí de joven. Fuiste au-pair.
—Pero me tuve que volver.
—Sí, eso sí, te tuviste que volver…
Pienso en que a ella le habría gustado quedarse en París, estudiar allí… pero que se volvió a cuidar a su hermano con tuberculosis, y ya luego se casó, tuvo hijos, y se acabó el sueño de París, quizá el único que se permitió tener.
—¿Y de Galicia te acuerdas, mamá? —le pregunto.
—Galicia… Fui muy feliz en Galicia, de niña.
—¿Qué hacías allí de niña?
—¿Qué hacía? Pues qué iba a hacer… Jugar…
—¿Y de qué más te acuerdas? ¿Te acuerdas de tu madre?
—Mi madre se murió cuando era muy pequeña.
—¿Qué edad tenías cuando se murió, mamá?
—Era muy pequeña. Ocho o nueve años.
—¿Y no te acuerdas de ella?
—Estaba muy delicada. Yo tenía que cuidarla. Y le decía: «Te vas a poner bien, mamá. No te vas a morir. No te puedes morir. Eso es imposible» —se ríe entre dientes—. Yo creía que era imposible que se muriese.
Le pongo una mano en el brazo.
—Pero se murió —dice, con los ojos llorosos.
Nos quedamos callados de nuevo.
—¿Por qué me recuerdas estas cosas? —me reprocha—. No quiero acordarme de mi vida.
—¿Y no tienes recuerdos bonitos de tu madre antes de que muriese? —le pregunto.
Se queda pensando.
—Es que mi madre era la madre de muchos —dice, por fin.
—¿Cómo que era la madre de muchos?
—Pues que ella se debía a sus clientas…
—¿A las clientas de la panadería? —le pregunto.
—Claro. Ella era la madre de todos… menos de mí.
Me quedo impactada. Mi madre sufrió abandono aun antes de quedarse huérfana con nueve años. Y, cuando su madre murió, tuvo que dejar el colegio y pasar a ser prácticamente la mujer de su padre, ocupándose de todo, de atender en la panadería, de la casa, y también de su padre, de su hermana pequeña y de su hermano mayor.
—Yo siempre quise ser chico —dice mi madre—. Era más fácil ser chico.
—Yo también —le confieso.
—¿Tú querías ser chico? —me pregunta, extrañada.
—Sí —le digo—. Me acuerdo de que papá decía que en los Himalaya había una piedra redonda con un agujero en el medio, y que si atravesabas esa piedra, si eras mujer te convertías en hombre, y si eras hombre te convertías en mujer. Yo soñaba con la maldita piedra.
—Qué tontería —dice mi madre.
Nos reímos los tres.
—He tenido una vida muy dura —dice.
—¿Y con papá? —le pregunto.
—Yo quería mucho a tu padre.
—Pero no debió de ser fácil, ¿no?
—Él sí lo tenía fácil. Tenía muchos amigos. Los traía a casa, y yo tenía que hacerles la comida. Las cosas eran así. Pero yo me quejaba, ¿eh?, no me quedaba callada.
—¿Y él que decía?
—Me llamaba «doña Justicias».
Nos echamos a reír, aunque yo creo que es por no llorar. Una madre y una hija que habrían querido ser hombres. Y quién no. Me acuerdo de la amargura, el hartazgo, la depresión y la rabia de mi madre. Me acuerdo de la «constitución», una cartulina que había colgada detrás de la puerta de la cocina, y donde mi madre apuntaba semanalmente las tareas de la casa que tenía que hacer cada miembro de la familia, y de la que nadie hacía ni puñetero caso. Me acuerdo de esa batalla campal de mi madre que le amargó la vida, perdida de antemano con una simple bromita: «Doña Justicias». Solo dos palabras inculcadas por el sistema que tiraban por tierra el punto de vista de la mitad de la población. Que lo siguen tirando.
—Me acuerdo de tu tortilla de patatas —le digo, para no decirle de qué me acuerdo en realidad.
—Mi tortilla de patatas… Tenía que hacer muchas tortillas…
Le cuento a Ari que mi madre hacía una tortilla de patatas para cada miembro de la familia, porque a mí me gustaba muy hecha, a mi padre poco hecha, a mi hermano no sé cómo…
—Y no había dinero —dice mi madre—. Tu padre era muy bohemio, iba de un trabajo a otro. Y luego, el partido… Venía con sus amigos, y yo hacía un redondo de ternera. ¿Te acuerdas del redondo de ternera? Había que rellenarlo de ajos…
—Sí… y de huevo duro… ¿Te acuerdas del mercado, mamá?
—¿El qué?
—El mercado de Carabanchel, el que estaba debajo de casa… Me mandabas a comprar. ¿Te acuerdas de Julián, el carnicero? ¿Y de Rogelio, el charcutero?
A mi madre se le iluminan los ojos.
—Julián… Sí. Tenía muy buena carne.
—Siempre me decías que comprara carne de aguja, o filetes de cadera…
—Me tuve que aprender todas las partes de la vaca —dice, riéndose.
—Ay, sí, en la carnicería había un póster con una vaca con todas sus partes. Yo me quedaba embobada mirándolo.
—El mercado… Hacía mucho que no me acordaba del mercado… Qué recuerdos me has traído…
—¿Y el de los pollos? ¿Cómo se llamaba el de los pollos? Paco, ¿no? —le digo.
—Y el frutero…
—El niño de los colorcitos, ¿te acuerdas?
—Sí, tenía dos redondeles rojos en los mofletes y lo llamabais así… —dice mi madre—. Tenía un huerto, y traía la verdura y la fruta del huerto.
—Estaba riquísima la fruta del niño de los colorcitos.
—Pero era más cara, porque la traía del huerto… El dinero no llegaba a veces…
—Ya, mamá, qué difícil la supervivencia.
—Y menos mal que cosía y me hacía la ropa…
—Cosías muy bien.
—Hacía lo que podía para ir apañada…
—Eras muy guapa, mamá.
—¿Qué?
—¡Que siempre has sido muy guapa!
Mi madre se queda como en shock, negando con la cabeza. Me doy cuenta de que nunca le había dicho a mi madre lo guapa que era, de la misma forma que ella nunca me lo dijo a mí. Es como si esas palabras luminosas se quedasen vibrando en el aire, zurciendo los desgarros del alma.
En ese momento entra Vicky en la habitación. Ya me había olvidado completamente del móvil y de ella.
—¡Carmencita! —dice Vicky.
Mi madre tarda un poco en reaccionar, pero luego la reconoce y se le iluminan los ojos. Vicky la besa en la frente y le dice que le ha traído varios regalos. Le da una diadema boliviana de muchos colores. Mi madre la coge y se la queda mirando.
—¿Está hecha a mano? —pregunta.
—No, Carmencita, la compré…
—A quién se le ocurre —protesta mi madre—. A mí nunca se me ocurriría llevar a alguien un regalo que no hubiese hecho yo… No la quiero.
—Mira, este bizcocho de plátano sí está hecho a mano. Lo hizo mi hermana para ti —le dice Vicky, mostrándole un paquete envuelto en papel de plata.
—¿De qué es? —pregunta mi madre.
—De plátano.
—¿De plátano? A quién se le ocurre… Ya sabes que a mí no me gusta el plátano…
Está enfadada con Vicky por haberla dejado sola un mes. Mientras da cuenta de una buena porción de bizcocho, no deja de renegar.
—De plátano… Es que no entiendo cómo se te ocurre traerme bizcocho de plátano…
—No sabía que no te gustaba el plátano, mamá… —le digo.
—Nunca me ha gustado el plátano… ¿Y sabes por qué?
—¿Por qué?
—Cuando era pequeña mi madre me hacía bocadillos de plátano.
—¿Bocadillos de plátano? Puaj… —digo, con asco—. Pues no me extraña que le hayas cogido tirria al plátano.
—No había dinero para otra cosa…
Durante la siguiente media hora no hay forma de que salga del bucle de las diademas compradas y el bizcocho de plátano. Pero yo sí he logrado salir del bucle, a mis cincuenta y cinco años. Así que cambio de tema tantas veces como ella vuelve a lo mismo y me río de todo.
Han pasado más de dos horas cuando Ari y yo nos marchamos. Mi madre y Vicky nos acompañan hasta el descansillo de las escaleras. Cuando nos despedimos, mi madre no me quiere soltar la mano.
—Cómo me ha gustado esta visita que me habéis hecho —me dice, mirándome a los ojos y apretándome tan fuerte la mano que me corta la circulación.
—A mí también, mamá, ha estado muy bien —le digo, dándole dos besos.
Pero ella no me suelta la mano.
—Me has hecho recordar muchas cosas… —me dice—. Muchas cosas que estaban ahí al fondo…
—Ya seguiremos recordando, mamá.
Ari se despide de mi madre, y a él tampoco lo quiere soltar. Después de tres despedidas, con abrazos y besos incluidas, nos alejamos. Mi madre nos dice adiós con la mano, y nosotros a ella. Parece que nos fuésemos a la guerra. Ya en las escaleras, Ari y yo nos miramos. Tenemos los ojos llenos de lágrimas. Mi garganta se ha destaponado. No hay asomo de culpa ni de rabia, y sí mil temas en el tintero del corazón para seguir hablando con mi madre.
26 respuestas
Que bonita historia, realmente pienso que es una historia de amor Isa. Gracias al amor todas nuestras corazas van desapareciendo, poco a poco, es difícil muchas veces confiar y soltar, yo estoy en ese aprendizaje ahora mismo, soltar sin hacerme daño, sin juicios, con amabilidad y compasión hacia mi misma. Complicado pero necesario para seguir hacia delante. Mil gracias por compartir esta historia tan llena de aprendizajes. Un abrazo. Yolanda.
Muchas gracias por tu comentario, Yolanda. Sí, qué difícil es soltar sin desvincularse ni hacerse daño…
Un fuerte abrazo,
Isa
Querida Isa,
Cuánto me alegro de lo que explicas! No te lo puedes imaginar. Yo también me puse en paz con mi madre a través de una larga enfermedad, la leucemia y descubrí a una mujer que tuvo que sobrevivir en unas circunstancias muy duras. Entendí a la mujer y me puse en paz con mi madre.
Creo que esto que te ha pasado es el comienzo de una gran historia de amor.❤️
Un abrazo para ti de mi corazón al tuyo.
Maite Corroto
Precioso Isa, gracias por compartir. ¡Qué poco preparados estamos para estas conversaciones y qué necesarias son!
Gracias, Mónica. Estoy contigo, no estamos preparados, ni para la vejez ni para comunicarnos bien…
Un abrazo enorme,
Isa
Ay Isa, cuanta ternura! Cuanto dolor pero también cuánta comprensión y cuanto amor en ese reconocer lo q nuestras madres fueron…Y qué necesario es ese proceso para reencontrarnos con lo q nosotras somos y llevamos por dentro…
Un abrazo enorme
Inés
Gracias, Inés. Tú sabes bien cuál es el viaje de la madre…
Un abrazo fuerte,
Isa
Hola Isa, tienes la habilidad de que casi todo lo que escribes haga que nos resuene en mayor o menor medida.
Gracias por ayudarnos a conctatar con nuestras zonas oscuras y asignaturas pendientes.
Un abrazo
Muchas gracias por tus palabras, Teresa. Usar esa habilidad para poder compartir experiencias con las personas es lo más maravilloso del mundo para mí :-).
Un abrazo fuerte,
Isa
Qué relato tan conmovedor! Mis ojos se hicieron agua y mi corazón tembló… Me identifico mucho con tu sentir, gracias Isa❤️
Gracias, Joana, por expresar tan vivamente tu emoción :-).
Un abrazo fuerte,
Isa
Gracias, Isa por este relato tan conmovedor. Está llemo de nostalgia y de ternura.
Como sabes, mi madre y yo nunca nos entendimos, quizás por eso me siento tan identificada contigo.. Un gran abrazo. Carmen
Muchas gracias por tus palabras, Carmen. Sí. compartimos esas dificultades comunicativas con nuestras madres… Afortunadamente, es algo que se puede ir sanando poco a poco. Y tú sabes cuán importante es la escritura en ese camino.
Un fuerte abrazo,
Isa
Gracias Isa por permitirme estar aquí y leer tu conmovedor relato.
Es la primera vez que participo y tengo la impresion que va a ser muy emocionante dejarme guiar por la Guia de Autocono cimmiento.
Gracias por tus palabras, Rita. Espero que este sea un lugar para ti de recogimiento y aprendizaje.
Un fuerte abrazo,
Isa
Que bonito contado… Algo tan sórdido… Y tan bello a la vez. Es muy emocionante, como se puede endulzar el presente con el recuerdo del pasado. Que bonito Isa. Esa madre niña, deseando ser querida, esa hija madre deseando querer también… Sublime!
Qué bonito lo que dices y cómo lo dices, Pilar. Muchas gracias por expresar tan bien tu percepción.
Un abrazo enorme,
Isa
La vejez sale al encuentro y cada uno de nosotros debemos ponernos delante de ese espejo que son nuestros mayores para aprender a ver y a vernos.
Cada historia muere con nosotros pero deja huella en aquellos a los que dimos amor.
Gracias por compartir tu experiencia Isa.
Muchas gracias por tus palabras, Josep. Sí, todo deja su huella, y hemos de procurar que sea para bien :-).
Un abrazo enorme,
Isa
Gracias por compartir algo tan íntimo de la relación con tú madre. Como siempre haces que me emocione y tenga un nudo en la garganta mientras te leo.
Gracias Isabel!❤️
Muchas gracias, Lola, por ser una lectora tan maravillosa, fiel y empática.
Un fuerte abrazo,
Isa
Gracias,Isa por compsrtir este precioso relato.
Me ha llegado al corazon y se me hsn saltado las lagrimas.
Cuantas cosas desconocemos de nuestras madres, a la mia tampoco la gusta hablar de su vida porque dice que ha sido muy dura, pero cuando se da esa magia en la que tiramos abajo el muro que a veces nos separa, aflora todo el amor que sentimos la una por la otra.
Me alegra que haya sido un encuentro tan especial
Un grandisimo abrazo
Gracias Isa por tu entrega, por abrinos tu intimidad y facilitar que resonemos contigo en esa vulnerabilidad, complejidad e intensidad de la relación con la madre, la vejez, la vida y el amor.
Isa querida que bonito lo que has escrito sobre la visita a tu madre, Ojalá yo también pudiera visitar a la mía. Pero lo que has escrito es muy bonito y ahí se ve todo lo que ellas han sufrido en sus vidas cuando nosotras éramos niñas. Cuando no nos esterábamos de lo que eras sus vidas y sus obligaciones impuestas por los maridos.
Gracias de nuevo Isa. me ha emocionado leerte y me ha emocionado como lo has dicho todo. Un gran abrazo. Matilde.
Hola, Muchas gracias por compartir tanta ternura. Me recordó a mi madre que partió hace unos meses y no se acordaba de su pasado tampoco y recuerdo su mano, cuándo se la cogía en el hospital, el último día que la vi. Que bonita historia detrás de las vidas, de los corazones, del amor a veces contado de puntillas y escondido en los sótanos del alma. Las culpas y los y si…tantas espinas y heridas metidas dentro. Pero me ha gustado ver cómo este momento se fue transformando en esa ternura, que deben tener las madres, aunque algunas no se vistan de esas galas vistosas, y se queden en pijama, por así decir…
Gracias de nuevo por compartir. Un abrazo y otro para MAMÁ. Nieves.
Gracias Isa, por esas palabras tan conmovedoras y ese sentir que sale de tu escrito.
Me has llenado de lágrimas mis ojos.
Felicidades por transmitir esos sentimientos de esa forma tan especial
Un abrazo