(Estoy realizando un análisis de ‘9 cuentos’, de J.D. Salinger. Si quieres leer el análisis anterior, del relato «Justo antes de la guerra con los esquimales», pincha aquí).
Antes de leer el análisis, te recomiendo que leas el relato que puedes encontrar aquí.
En casi todos los cuentos de Salinger aparece (como mínimo) un niño o una niña. Está claro que la infancia es esencial en el universo de Salinger. Y también cierto tipo de adultos —los menos, como ocurre en el mundo real— que sabe relacionarse con los niños.
Pero no se hace un tratamiento de la infancia como es habitual en la literatura y el cine, es decir, desde el punto de vista ñoño o —en cualquier caso— distorsionado de los adultos. En sus relatos, Salinger hace más bien lo contrario, es decir, plasmar el mundo de los adultos desde el punto de vista del niño. Y visto desde ahí resulta de lo más estúpido, fingido, incoloro y carente de todo interés.
Es por esa razón por la que en los relatos en que aparecen niños, y en que suele haber algún adulto que hace de puente entre el mundo de los mayores (el del lector, al fin y al cabo) y el de los infantes, suele introducir otros personajes que reflejan a la mayoría de la sociedad. Es decir, aquellos a los que lo que más les preocupa es guardar las formas y no salirse de la norma, que viven en la superficie de la vida (o sea, que no viven) y actúan por sistema de antagonistas furiosos de los que dejan salir a la luz su autenticidad o su imaginación, sus pasiones, sus cualidades y sus debilidades.
Sin tener en cuenta lo que acabo de decir, podría parecer extraño que en el cuento «En el bote» se dedique casi la mitad del relato a la conversación en la cocina entre Sandra y la señora Snell, a la que luego se une Boo Boo, la madre de Lionel. A lo largo de esas páginas, especialmente de las cuatro primeras, apenas se incluye información de interés para la segunda parte del relato, la que transcurre junto al lago, de modo que podríamos pensar que el autor se hubiese podido ahorrar una buena porción de páginas.
Pero resulta que el objetivo principal del relato es dejar en ridículo precisamente la parte de la sociedad a la que representan las dos mujeres, de modo que el narrador se recrea en mostrárnoslas con detenimiento, en toda su hipocresía y pequeñas mezquindades. Y también en toda su aparente prudencia y cordura, en su supuesta «normalidad».
Al igual que en «Un día perfecto para el pez plátano», en este relato Salinger juega a desconcertar al lector. Se nos da una información sesgada sobre el niño, Lionel, que nos puede hacer pensar que tiene algún tipo de problema psíquico cuando, visto a posteriori, lo único que le pasa es que tiene sensibilidad, quizá heredada de su tío Seymour Glass.
De modo que a lo largo del cuento uno ha pasado de estar embebido en el mundo de los adultos cafres (aquel en el que solemos estar de natural, representado en la narración por Sandra y la señora Snell), a estarlo en el universo infantil, mucho más amplio, libre y conectado con las emociones, a través de ese maravilloso puente entre uno y otro que es el personaje de Boo Boo, la madre de Lionel.
Y desde ahí uno se plantea la suerte que tiene Lionel de tener los padres que tiene y no a unos del tipo de Sandra o la señora Snell. De paso, se nos hace mucho más comprensible el suicidio de Seymour Glass en el primero de los nueve cuentos.
La última escena del relato, la de la madre y el hijo junto al lago, me parece de una belleza majestuosa y sutil. Las que somos madres sabemos bien cuál es la reacción habitual de una madre en casos como estos. Suele ser algo como esto:
Un niño tiene un grado de libertad de actuación que a los adultos nos resulta insoportable, quizá porque nos da demasiada envidia. Compartir en X
—Hijo, bájate del bote ahora mismo.
—No.
—He dicho que te bajes.
—No.
—Haz caso a mamá. Como no te bajes del bote te quedas sin cenar.
—Me da igual.
—¡Desobediente! Ahora vas a ver.
Fin de la historia.
La madre ejerce su poder y el niño no entiende nada y se come la rabia, que cuando tenga la edad de Sandra o la señora Snell expulsará en mil variantes diferentes de crueldad y maledicencia. Cuando a uno no le dejan ejercer de niño en la edad correspondiente, por necesidad habrá de tener un comportamiento infantil y ridículo en la edad adulta, como se acaba revelando el de las dos mujeres.
Salinger nos ofrece en esta escena una muestra alternativa —y mucho más reconfortante— al diálogo que incluyo unas líneas más arriba. Por supuesto, la cuestión no se resuelve en un minuto, sino que requiere un nivel de exploración, imaginación y tacto para el que por lo general no estamos preparados ni tenemos paciencia suficiente. Supone internarse subrepticiamente en el mundo y la lógica infantiles y, desde ahí, ofrecer al niño un asidero sólido al que agarrarse para poder avanzar en su aprendizaje.
Un niño tiene un grado de libertad de actuación que a los adultos nos resulta insoportable, quizá porque nos da demasiada envidia. Escaparse entra dentro de la lógica infantil. También encerrarse en el silencio si uno está enfadado, tirar unas gafas de bucear al fondo de un lago e incluso el llavero que tanto desea obtener. Volvernos contra ellos por eso no va a cambiar su lógica. Solo va a hacer que se repriman. Resulta mucho más astuto y eficaz el proceder de Boo Boo, un acercamiento por etapas con actos y palabras llenas de ternura e imaginación que van captando la atención del niño y, sobre todo, minando su desconfianza, y que desembocarán en un contacto emocional y físico, permitirán al niño expresar sus temores y, por tanto, deshacerse de ellos para siempre.
Así pues, Boo Boo queda como la única adulta del relato, aquella que es capaz de bajar a los infiernos de la infancia para rescatar a su hijo de sus fantasmas, haciéndole ver con toda la paciencia del mundo que no son más que aire.
A todos los padres nos gustaría que nuestros hijos fuesen muy buenos y dóciles. Personalmente —y aunque ese deseo late en mí como en todos los padres del mundo— desconfío de los «niños modelo». Me molesta que mis hijos tengan rabietas, claro, pero a la vez reconozco que no suelen ser más que llamadas de atención para que les ayudemos a avanzar, para que les indiquemos el camino que les librará de la impotencia o la frustración. Pero, como niños que solemos ser los adultos de esta sociedad, nos resulta dificilísimo adoptar una actitud adulta ante eso. Lo que suele ocurrir es que con su frustración despiertan la nuestra (esa que lleva encallada en nosotros desde que éramos niños y nuestros padres no supieron desencallarla porque sus padres, a su vez, tampoco supieron) y acabamos nosotros chillando y gritando más que nuestros propios hijos.
Valga el relato de Salinger, por tanto, como ejemplo para todos los padres del mundo. Porque en el fondo no hay mayor gratificación, en los casos en que uno es capaz de actuar con cordura, que la que se muestra al final del relato, ese momento de contacto verdadero que en el fondo es con el que soñábamos todos los padres cuando nos decidimos a tener hijos. Es una preciosidad:
—Toma —Boo Boo le tiró el paquetito, que aterrizó perfectamente entre sus piernas.
Lionel lo contempló un momento, lo examinó en su mano y luego lo tiró al agua. Inmediatamente miró a su madre, pero en sus ojos no había desafío, sino lágrimas. Un segundo después su boca se distorsionaba hasta tomar la forma de un ocho horizontal y se ponía a llorar copiosamente.
Boo Boo se incorporó, con cuidado, como alguien a quien se le ha dormido un pie, y pasó al bote. Un instante después estaba sentada en el asiento de popa, con el navegante en su falda, y lo mecía y le besaba la nuca y le hablaba:
—Los marineros no lloran, querido, los marineros nunca lloran. Solo cuando se les hunde el barco. O cuando naufragan, y están en la balsa, sin nada para beber salvo…
—Sandra… le dijo a la señora Snell… que papá es un moisés grandote y estúpido.
Imperceptiblemente, Boo Boo hizo una mueca, pero sacó al chico de su regazo y lo puso de pie frente a ella y le retiró el pelo de la frente.
—¡Con que dijo eso, eh!
Lionel asintió enérgicamente con la cabeza. Se acercó, llorando aún, para ponerse entre las piernas de su madre.
—Bueno, no es algo tan terrible —dijo Boo Boo, aprisionándolo entre sus brazos y sus piernas—. No es lo peor que podía suceder. —Suavemente mordió la oreja del chico—. ¿Tú sabes lo que es un moisés, querido?
Lionel o no quiso o no pudo contestar en seguida. Por lo menos esperó a que disminuyera el hipo que siguió a sus lágrimas. A continuación contestó, en forma ahogada pero comprensible, con el rostro hundido en la tibieza del cuello de Boo Boo.
—Es una de esas cosas para llevar bebés —dijo—. De mimbre, con asas.
Boo Boo apartó un poco a su hijo para observarlo mejor. Luego le metió una mano traviesa en el interior del pantalón, lo que lo sorprendió mucho, pero la retiró en seguida y decorosamente le metió la camisa dentro del pantalón.
—Te diré lo que vamos a hacer —dijo—. Iremos en coche al pueblo y compraremos unos pepinillos y algo de pan, y comeremos pepinillos en el coche, y después iremos a la estación a esperar a papá, y luego lo traeremos a casa y haremos que nos lleve a pasear en el bote. Tú lo ayudarás a bajar las velas. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —dijo Lionel.
No volvieron caminando a la casa, sino que hicieron una carrera. Ganó Lionel.
(Continuará con el análisis del 5º relato de ‘9 cuentos’).