(Estoy realizando un análisis de ‘9 cuentos’, de J.D. Salinger. Si quieres leer el análisis anterior, del relato «Teddy», pincha aquí).
Antes de leer el análisis, te recomiendo que leas el relato que puedes encontrar aquí.
Este es el último relato del libro, y también es, no lo puedo evitar, mi favorito. No sé si es porque trabajé en un taller literario por correspondencia o por su exquisito, hilarante, sublime sentido del humor.
Con pocos textos me he reído tanto como con este relato. Pero no con esa risa espasmódica del chiste fácil o del chascarrillo ingenioso. Con una risa abierta, lúcida, inteligente. Compartir en X
El narrador, un joven de 19 años enamorado del arte que convive en Nueva York con su padrastro (divorciado de su madre, que luego murió). Un día encuentra en un diario canadiense un aviso de una academia de arte por correspondencia de Montreal, Les Amis des Vieux Maîtres, pidiendo profesores cualificados. El director es Monsieur I. Yoshoto, ex miembro de la Academia Imperial de Bellas Artes de Tokio. Inmediatamente, el narrador decide postularse y escribe una carta en la que miente, diciendo que tiene veintinueve años, es sobrino nieto de Honoré Daumier, y sus padres, amigos de Pablo Picasso. Firma como Jean de Daumier-Smith. Es aceptado y ha de trasladarse a Tokio. Así empieza una aventura divertidísima en la que no paran de pasar cosas. Con pocos textos me he reído tanto como con este relato. Pero no con esa risa espasmódica del chiste fácil o del chascarrillo ingenioso. Con una risa abierta, lúcida, inteligente.
Mi sensación, desde que empiezo a leer el relato, es la de que alguien estuviese diciéndome esas cosas —justo esas— que más gracia me hacen. Compartir en X
Y es que es muy curioso, porque cada guiño irónico me parece especialmente dirigido a mí. Ya, ya sé, esto les ocurrirá a todos. Y es a eso a lo que me refiero, por lo que incluyo el humor en este relato como un aspecto de la perfección. Mi sensación, desde que empiezo a leer el relato, es la de que alguien estuviese diciéndome esas cosas —justo esas— que más gracia me hacen. Como no me considero excepcionalmente dotada para captar la ironía (de hecho, soy bastante torpe: mis amigos siempre dicen que hay que entregarme los chistes con libro de instrucciones incluido) ni tampoco especialmente inteligente, deduzco que es mérito del artista hacerme sentir así.
Veamos el primer párrafo del cuento:
Si tuviera algún sentido —no lo tiene ni por asomo—, creo que me sentiría inclinado a dedicar este cuento, si es que algo vale, especialmente si tiene algunas partes un tanto subidas de tono, a la memoria de mi desaparecido y también subido de tono padrastro, Robert Agadganian hijo. Bobby —como lo llamaban todos, incluso yo— murió de trombosis en 1947, seguramente con cierto pesar pero sin una queja. Era un hombre temerario, magnético en grado sumo y muy generoso. (Después de haberme pasado tantos años escatimándole laboriosamente esos picarescos adjetivos, siento que es cuestión de vida o muerte transcribirlos hoy aquí.)
En mi opinión, en este párrafo se concentran (de un modo increíblemente sintético) todas las cualidades (o aspectos de la perfección) que hemos ido viendo hasta ahora:
Así pues, sin que este relato descuide absolutamente ningún rasgo de perfección (del mismo modo que los demás tampoco descuidan este noveno punto) voy a permitirme destacar el del humor, que, como digo, me parece sublime (nunca he visto a un narrador con tal capacidad para reírse de sí mismo). Lo que voy a hacer, a modo de homenaje final —y post mortem— a Salinger, es extraer algunas perlas deliciosas, para dejármelas junto a la mesilla y leerlas —como una oración— de vez en cuando. Aquí las cuelgo, por si alguien quiere acompañarme en el rezo:
Recé para que la ciudad quedara desierta de gente, por el privilegio de estar solo, so-lo, que es la única plegaria neoyorquina que rara vez deja de cumplirse o sufre retrasos burocráticos, y en un santiamén todo lo que yo tocaba se transformaba en una maciza soledad.
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(La semana antes de que dejáramos París, yo había ganado tres primeros premios en la Exposición Nacional Juvenil, realizada en las Galerías Friburgo. Durante el viaje de regreso a Estados Unidos, usé el espejo del camarote para observar mi notable parecido físico con El Greco.)
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Compré una colección completa de los Clásicos de Harvard —sobre todo porque Bobby había dicho que no cabían en nuestro piso— y leí con cierta perversidad los cincuenta volúmenes.
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En un solo mes, según mi diario de 1939, terminé dieciocho cuadros. Merece señalarse que diecisiete de ellos eran autorretratos. Pero a veces, tal vez cuando mi musa se mostraba caprichosa, dejaba la pintura de lado y hacía dibujos. Aún conservo uno. Es la cavernosa vista de la enorme boca de un hombre a quien atiende su dentista. La lengua del hombre es un sencillo billete de cien dólares y el dentista está diciendo, tristemente, en francés: «Creo que podemos salvar la muela, pero tendremos que extirpar la lengua».
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Como compañeros de habitación, Bobby y yo éramos tan poco compatibles como, por ejemplo, un estudiante avanzado de Harvard excepcionalmente libre de prejuicios y un chico nuevo de Cambridge particularmente desagradable. Y cuando más tarde, al cabo de unas cuantas semanas, descubrimos que ambos estábamos enamorados de la misma difunta mujer, no por ello mejoraron las cosas.
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[…] dibujé gente vestida de gala que descendía de imponentes automóviles en noches de fiesta —parejas erguidas, esbeltas, superelegantes, que obviamente jamás en la vida habían ofendido a alguien por descuidar sus axilas—, parejas que, en realidad, tal vez ni siquiera tenían axilas.
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No creo que monsieur Yoshoto pronunciara más de cinco palabras en todo el trayecto. A pesar del silencio, o mejor dicho debido a él, yo conversé, sin parar, con las piernas cruzadas (un tobillo sobre la rodilla, y empleando continuamente el calcetín para absorber el sudor de las manos). […] empecé a hablar del amigo más viejo y más fiel de mis padres: Pablo Picasso. Le pauvre Picasso, como yo le decía. (Debo aclarar que elegí a Picasso porque lo consideraba el pintor francés más conocido en Estados Unidos.) Le recordé a monsieur Yoshoto, con una manifiesta dosis de compasión por el gigante caído, las veces que le había dicho: monsieur Picasso, où allez vous? y cómo, en respuesta a esta penetrante pregunta, el maestro se dirigía siempre con un lento y pesado andar hasta la otra puerta de su estudio para mirar una pequeña reproducción de Los saltimbanquis, y la gloria, perdida desde hacía tiempo, que había sido suya. El problema de Picasso, le expliqué a monsieur Yoshoto, mientras bajábamos del autobús, era que nunca escuchaba a nadie, ni siquiera a sus amigos más íntimos.
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Empezó a disculparse de que en la habitación de su hijo no hubiera sillas, sino solo cojines, pero en seguida lo convencí de que eso era para mí una especie de don del cielo. (En rigor, creo que le dije que odiaba las sillas. Estaba tan nervioso que, si me hubiera dicho que en la habitación de su hijo había treinta centímetros de agua, tanto de noche como de día, probablemente hubiera dejado escapar una breve interjección de placer. Le hubiera dicho, tal vez, que padecía de una curiosa enfermedad de los pies que me obligaba a mantenerlos dentro del agua ocho horas al día.) Luego me llevó por una crujiente escalera de madera hasta mi habitación. Mientras subíamos le dije con especial énfasis que estaba estudiando budismo. Después descubrí que tanto él como madame Yoshoto eran presbiterianos.
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Madame Yoshoto me preguntó en inglés —y su acento me resultó inesperadamente encantador— si no hubiera preferido un huevo, pero yo le dije “Non, non, madame, merci”. Agregué que nunca comía huevos.
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Espero que estos análisis de 9 cuentos, de J. D. Salinger, hayan resultado enriquecedores para ti, en tu camino de lectura, escritura y crecimiento personal. Para mí ha sido muy gratificante hacerlos y compartirlos contigo.
Un comentario
Estos 9 análisis son: enriquecedores, imantados, educativos e inolvidables. Mil y una gracias doradas.
J.M.K.