(Puedes acceder a Mi estancia en Tamera I’, ‘Mi estancia en Tamera II’, ‘Mi estancia en Tamera III’, a ‘Mi estancia en Tamera IV’ y a Mi estancia en Tamera V’)
Hoy es sábado, nuestro cuarto día en Tamera, y nos vamos de picnic a un lugar con el exótico nombre de «Jardín Erótico», lo que tiene al grupo bastante alborotado, además de que por la noche será la famosa «fiesta» en el Centro Cultural (el bar, para nosotros). Nos han llovido muchas instrucciones sobre el evento nocturno. Aquí en Tamera somos los pequeñines, la nueva hornada del curso de introducción, entre los voluntarios (que llevan uno o dos meses), los habitantes y los simpatizantes (que viven en los alrededores). Los facilitadores nos tratan un poco como a adolescentes (en cierto sentido nos comportamos como tales), y nos dicen cómo proceder si queremos intimar con alguien en la fiesta, que usemos protección en caso de tener sexo, que podemos usar los «espacios del amor» que hay desperdigados cerca del bar pero que, si lo hacemos, hemos de avisar antes a alguno de los facilitadores… En fin, yo no tenía pensado intimar con nadie (prefiero mi más recogido papel de voyeur), pero si lo hubiera pensado, se me habrían quitado las ganas con tanta reglamentación.
Nos ponemos en marcha hacia el jardín erótico, que está a unos veinte minutos andando del campus. A mí me resulta dificilísimo orientarme en este lugar, y en eso noto que soy totalmente de ciudad. Aquí todo son caminos que salen de otros caminos que a su vez se bifurcan en más caminos. Y no encuentro puntos de referencia para orientarme, no puedo memorizar que «aquí hay una cafetería con el toldo azul» o que «en esa esquina hay un Caixabank». Aquí hay árboles y arbustos que me parecen todos iguales y, en cuanto me despisto del lago central, ya no sé dónde estoy, ni dónde está la izquierda o la derecha, el norte o el sur.
Después de algunas bifurcaciones, llegamos al jardín erótico, que resulta ser un precioso campo de olivos. En un claro, hay preparados unos grandes toldos sujetos con palos, debajo de los cuales han preparado alfombras y mantas gruesas de colores, colchonetas, cojines y balas de paja para sentarse. El conjunto es campestre, acogedor y entrañable. Me recuerda ligeramente a las películas basadas en las novelas de Jane Austen, en que los protagonistas hacen un picnic en la campiña inglesa. No deja de asombrarme cómo nos cuidan. Nos sentamos todos allí, expectantes, envueltos en un chal de olivos y suave brisa. Junto con dos de nuestros facilitadores, está una mujer a la que vemos por primera vez, con una cara morena y luminosa y una mirada clara, radiante y serena. Se presenta como «la guardiana del agua» y nos habla de las cualidades del líquido elemento, que son las mismas que las del amor y el erotismo. Aquí la palabra «Eros» es tan pronunciada como en nuestro planeta lo es la palabra «dinero». Al amor sensual se le da la misma importancia que nosotros solemos darle al amor romántico, del que se le diferencia y que aquí se ve como un subproducto decadente del patriarcado.
La guardiana del agua nos dice que nos va a llevar a un lugar para ellos sagrado con un manantial, donde hacen rituales y se benefician del poder sanador del agua. Dice que esta a veces se muestra receptiva a recibir a las personas en su seno, y otras veces prefiere un diálogo sin roces. En cualquier caso, es importante escucharla y respetarla, y en eso consiste su función como guardiana. En estos momentos, nos dice, el agua se siente reservada y prefiere la distancia, así que no vamos a introducirnos en ella, pero podremos sentarnos alrededor y mantener un diálogo silencioso con ella, invocando sus cualidades de fluidez, flexibilidad y apertura para que se manifiesten en nuestra vida. Por lo que dice esta mujer, podría ser tachada en nuestro mundo de pirada, e incluso yo (a la que también se me puede tachar de pirada en muchas ocasiones) lo habría hecho si nos llegan a traer aquí el primer día. Sin embargo, a estas alturas de la película, yo ya me sumerjo en los discursos de estas personas como en un baño tibio. Pues claro que sí, ¿por qué iba a ser menos consciente el agua que yo?; ¿por qué no aceptar que le es mucho más fácil transportar la información del universo entero que a mí, que estoy tan encapsulada en mis rigideces, traumas, condicionamientos y egocentrismo?; ¿por qué no aprender y considerarme parte de la Naturaleza en vez de superior a ella?
Nos encaminamos en fila india y en silencio hacia el manantial. Antes de entrar en la estrecha senda entre arbustos que lleva a él, dejamos nuestras sandalias al pie de un árbol. Sentir la tierra del camino bajo mis pies me produce una extraña sensación de animalidad, y a la vez hay algo ceremonioso y sagrado en esta nueva aproximación de la mamífera que soy al agua, que estoy acostumbrada a ver como eso que sale del grifo para lavar los platos, de la cisterna para llevarse mis excrementos o de la ducha para asearme. Igual que hacemos con el agua en nuestra sociedad, a casi todo y a casi todos solemos darles un sentido utilitario, y solo tienen valor en tanto que nos sirvan para algo.
Llegamos a un claro con un pequeño estanque natural bordeado de piedras con un discreto riachuelo que se abre paso entre las piedras superiores y cae en cascada al estanque con un suave tintineo, que se mezcla con los trinos de los pájaros. La luz de la mañana se filtra apenas entre las hojas de los árboles, creando brillos en el agua y haces lumínicos donde flotan los insectos, en una atmósfera onírica. Nos situamos con mucho cuidado bordeando el estanque y nos quedamos en silencio, extasiados, mirando ese agua transparente que está a la vez calma y en movimiento, como la mente de un meditador avanzado. Con suma delicadeza, algunos de nosotros rozamos la superficie con la yema de los dedos, y es una mutua caricia muy dulce y suave. Al cabo de un rato, la guardiana del agua recita una sencilla plegaria y luego una chica del grupo canta una preciosa canción en portugués sobre el agua. Una pareja que se ha traído la guitarra sigue con otras canciones en inglés. Y así, a nuestra manera humana un poco escandalosa, nos vamos camuflando en la naturaleza, disolviendo con el agua, la luz y los pájaros, pacificándonos y haciéndonos uno con el entorno, hasta que la guardiana considera que el agua ha tenido suficiente jarana por hoy y nos anima a volver a nuestro campamento base.
Ha llegado la hora de comer, y vemos con sorpresa que han traído un pequeño tractor con la comida, fruta, té, café… Nos servimos, y nos desperdigamos por la zona en pequeños grupos. Todo está delicioso debajo de los olivos y entran ganas de quedarse a vivir en esta comunión entre lo animal, lo vegetal, lo mineral y lo humano, donde todos los elementos (agua, fuego, tierra, viento y espacio) se combinan de una forma armónica. Incluso logro dormirme una siesta debajo de un árbol, sin que me molesten los bichitos caminando por mis piernas ni los zumbidos de las abejas en mis oídos.
Cuando nos reunimos de nuevo, nos mandan a dialogar en grupos más pequeños, de cinco o seis personas, para que cada uno pueda expresar cómo se siente. A mí me sientan estupendamente este tipo de reuniones pequeñas, porque es donde me doy cuenta de que no soy un perro verde, y que a cada uno le está tocando atravesar lo suyo, según sus patrones y momento vital. Yo hablo de mis sentimientos contradictorios, cómo me siento sostenida a la vez que me entran ganas de salir corriendo, de lo difícil que me está resultando ver mis patrones y dificultades para relacionarme y a la vez lo que agradezco que se me deje realizar mi proceso con cariño y respeto. Una de las personas del grupo, el belga de mi triplete, me mira a los ojos y me dice: «Me alegro de que no hayas salido corriendo». Yo bajo la mirada y respondo con una risa nerviosa: «No, no me voy a ir, claro que no». Él me vuelve a decir: «Me alegro de que estés aquí». Yo vuelvo a reírme e insistirle, aceleradamente, en que no me pienso ir. Cuando me lo dice por tercera vez, con voz calmada y su vista fija en mí, me doy cuenta de mi patrón de quitar importancia a lo positivo para centrarme en lo negativo. Respiro varias veces con lentitud, sosteniéndole la mirada, y le digo: «Gracias». Asiente y sonríe. Y, junto con un rubor que asciende por mis mejillas, noto cómo se desprende de mi alma una capa de miedo, desconfianza y orgullo.
Luego nos invitan a hacer el ejercicio del lazarillo y el ciego. Mi austriaca favorita me invita con los ojos a ser su pareja, y yo acepto encantada. Nos delimitan muy bien el terreno por donde podemos caminar, pues si nos pasamos de cierta frontera, nos internaríamos en el espacio que tienen reservado para el trabajo con perros salvajes, consistente en quitarles el miedo y habituarlos a convivir y confiar en los humanos de nuevo (cuando nos lo cuentan, algo en mi corazón siente que ese sería un trabajo ideal para mí, quizá porque soy también del club de los lobos esteparios).
Guío —apenas sin rozarla— a mi amiga austriaca, que va con los ojos cerrados, deslizándose con gracia entre las espigas, y me hago partícipe de su placer al sentir el sol y la brisa, la textura de las piedras y el abrazo de los árboles. Parece sentirse atraída en especial por un olivo vigoroso, con el que se queda un largo rato, explorando todas sus ramas y cavidades. Yo me aparto un poco, respetuosa, y es tal la dulzura de ese encuentro que me emociono. Entiendo de golpe por qué llaman a este lugar «el jardín erótico», y que el erotismo y la sensualidad, incluso el tan tergiversado «sexo», no es más que este delicado, inocente y pasional diálogo entre los cuerpos y los fenómenos externos (sean estos los árboles, el agua, el sol, la luna, las estrellas, las piedras u otros cuerpos).
Después de mucho tiempo, o de un segundo, vete a saber, mi amiga logra despegarse de su amado, y cambiamos de rol. Tras haber sido espectadora, ahora soy yo la protagonista del extraordinario viaje de los sentidos cuando te privan justo del que parece regirlo todo (la vista). Es un ejercicio que he hecho unas cuantas veces en mi vida, pero este lugar tiene algo especial, o quizá son los cuatro días que llevamos acurrucándonos en los brazos de la comunidad. O a lo mejor contemplar a mi compañera ha hecho que mis neuronas espejo aprendan por empatía cómo es dejarse llevar, sentir la brisa en los brazos y el sol en los párpados, palpar con pies de salamandra los desniveles del terreno y acariciar las espigas.
Abrazo también algunos olivos, pero son abrazos cortitos de simple juego y toma de contacto. Hasta que llegamos a uno al que me quedo pegada. Siento algo especial al tocar su tronco lleno de hendiduras, una rama algo pesada, como a punto de vencerse, sus pequeñas hojas calientes. Lo abrazo y apoyo mi mejilla y mi oreja en la madera rugosa, dejándome caer en la hondura indescriptible de esta conexión. Sé que es un olivo viejo que ha pasado por mucho. Sé que tiene un montón de cicatrices. Sé que está cansado. Y cuando me quiero dar cuenta, estoy hablando con él, en un diálogo sin palabras, pero tan vívido que los mensajes me llegan como flechas. Le confieso, porque así lo siento en este instante, que tengo el corazón roto y agujereado, igual que su tronco lleno de hendiduras. Quiero ayudar a los demás, le digo, pero ¿cómo hacerlo con un colador en el centro del pecho? Me llega una oleada de consuelo y el siguiente mensaje: sí, es verdad, tienes —como yo— el corazón roto y una inconmensurable tristeza en el alma, y ese corazón roto es justo el que te permite ayudar a otros como tú. Fíjate en nosotros, los dos estamos cascados, y aquí nos tienes, abrazándonos, dándonos calor. Déjate empapar por esta verdad y honra cada día a tu precioso corazón roto, porque es la joya más valiosa que tienes. Noto una hilera de lágrimas que bajan por mi mejilla y se mezclan con el tronco de mi querido olivo, sellando nuestro pacto secreto, el de honrar y valorar nuestras fracturas, cada una de las cuales marcan un aprendizaje vital y forman parte de nuestra belleza y plenitud.
Suena en la lejanía el gong que marca el fin del ejercicio. Abro los ojos, y descubro que mi olivo es justo como lo había visto con los ojos de mi corazón agujereado. Nos sonreímos misteriosamente, y me alejo cogida del brazo de mi compañera que, según me cuenta, también ha mantenido un íntimo diálogo durante el encuentro con su olivo.
Y así, tras esta extraña excursión por el planeta Eros, emprendemos el camino de vuelta al campus, pues tenemos que cenar y prepararnos para la tan cacareada fiesta tameriense de los sábados. A saber qué nuevas aventuras le esperan a este corazón partido.
(Continuará).
12 respuestas
¡Enganchada me tienes a esta curiosa experiencia novelada que estás compartiéndonos!
Me ha encantado tu descripción, y tu corazón roto.
Caray Isa, que dulzura, que dolor y cuanta emoción hay en este episodio de Tamera. Y que bien lo cuentas. Te he acompañado del principio al final con mi corazón un poco arrugado, también expectante
Gracias por compartir tanta belleza
Sole
Gracias, Isa, yo también estoy enganchada a estos relatos de Tamera, y me están entrando muchas ganas de ir. Un abrazo enorme,
Garbiñe
Ay Isa, qué preciosidad! Un viaje al planeta Eros, con todos los sentidos abiertos, con el corazón, el alma y cada uno de los poros de la piel abiertos al contacto, al diálogo profundo con esa fracción del Ser que es corteza herida de un olivo, como tu corazón, y q te lo muestra…De algún modo me llega a mi también, con todos los patrones q arrastro, que Eros es eso…comunión, apertura, y no la mierda (con perdón) q nos han contado…
A cada semana q te leo veo más claro q tengo q conocer Tamera…y ya veremos cómo hacemos con mi inglés de andar por casa.
Yo tb me siento lobo estepario, muchísimo …creo q sería superfeliz ayudando a perros salvajes a volver a confiar en los humanos… No sé, me pregunto xq los seres humanos hemos hecho de este planeta un lugar tan inhospito.
Muchas gracias, Isa
Inés
Ostras, Isa!
Totalmente enganchada. Este capítulo me ha hecho ver otro aspecto de Eros.
Gracias inmensas por compartir.
Joana
Isa es como si me trasportaras al lugar, a tu sentir y es que la naturaleza te abre otra puerta en nuestro corazón, nos hace parte de un todo.
Me encanta tus relatos de una vivencia onírica, te sigo embelesada
gracias
Qué ganas de llorar, Isa. «Honra cada día a tu precioso corazón roto, porque es la joya más valiosa que tienes». Gracias por trasmitirnos tanta belleza.
Querida Isa. Qué bello y bonito lo has dicho todo. Tan claro que parece que yo estaba a tu lado. El río, el agua que va llevando toda la sabiduría del mundo y los olivos, árboles centenarios, sabios y sabedores de los dolores penas del mundo.
Y la verdad es que según lo vas contando parece que todas las personas que amamos la naturaleza tenemos que conocer ese espacio.
Gracias querida Isas. Un abrazo.
Me ha llegado al corazón, porque además de tu expresión tan rica y sentida me he identificado con el olivo. Siempre tienen cosas que decirnos estos maravillosos arboles, y una vez empiezas a hablar con ellos ya no puedes parar de experimentarlo.
Gracias Isa!
Hola, Isabel:
Ya había leído este post y me quedo algo desilusionada de no tener más entregas. A lo mejor no nos quieres hacer spoiler para que vayamos en persona atañera.
De todas formas agradecerte lo compartido. Sitios donde se puede vivir con Eros y Naturaleza me parecen los paraísos terrenales más maravillosos. Y poder ser una con todo el paquete en exposición también es una buena señal de estar cerca del paraíso perdido.
Un abrazo y Gracias.
Perdón, a Tamera.