El poder de las pequeñas historias V: La voz

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(Estoy realizando un análisis de ‘9 cuentos’, de J.D. Salinger. Si quieres leer el análisis anterior, del relato «En el bote», pincha aquí). 

5. La voz en «El hombre que ríe»

 

Antes de leer el análisis, te recomiendo que leas el relato que puedes encontrar aquí.

Es este uno de los relatos narrativamente más complejos de Salinger, pues se cuentan en él tres historias entrecruzadas:

    1. La del narrador, un niño que a través de su identificación con «el jefe» y su descendencia directa del «hombre que ríe» da un paso vital hacia la madurez, aceptando la muerte del ídolo.
    1. La del «jefe», un joven hosco, solitario, cariñoso e imaginativo que deja marchar el tren del amor real, no sabemos muy bien por qué (¿quizá por apego a un ideal inalcanzable?) y cuyos rasgos psicológicos podemos identificar, de alguna forma, con los del «hombre que ríe».
    1. La del propio «hombre que ríe», un aventurero melancólico de cara desfigurada cuya crueldad solo se puede igualar a su compasión y que después de mil aventuras se deja morir por no haber podido salvar a Ala Negra, el leal lobo que siempre lo acompañaba.

Cómo Salinger consigue contarnos tres historias en un solo cuento de 20 páginas, en buena parte el éxito del relato se lo debemos a la elección de la voz desde la que está contado. Compartir en X

Cómo consigue Salinger contarnos tres historias (con sus tres protagonistas, con sus tres conflictos y con sus respectivas tres tramas) tan hondas y detalladas en escasas veinte páginas, es algo que no lograría explicarme si no hubiese leído ya los cuatro cuentos anteriores.

Todo es magistral en este cuento, pero creo que buena parte del éxito del relato se lo debemos a la elección de la voz desde la que está contado. El hecho de que el punto de vista no esté en un narrador en tercera persona ni en «el jefe», sino en uno de los «comanches» (como se llaman a sí mismos los chicos a los cuales el jefe acompaña) es crucial para aportarle a la historia ese punto de belleza e ingenuidad, de vehemente exageración, de pasión recalcitrante, de inexperiencia, necesarios para poder vivirla con toda intensidad.

No es lo mismo que cuente la historia del «jefe» yo que uno de los comanches. Es obvio que lo que hace interesantísimo todo lo que se cuenta es el enfoque narrativo desde el que se cuenta. Porque cuanto más alce el vuelo, el aeroplano del disfrute y de la admiración, de la expectación y de la empatía, más dura será la caída contra el asfalto de la realidad.

Y también es un acierto que la historia no se cuente desde un momento cercano a los hechos, sino desde un narrador adulto que, a la vez que puede saltar en el tiempo con fluidez y decisión, también puede dotar a la narración de cierta ironía distanciada y benevolente, de un tono evocativo que acaba de matizar, con su lucidez, las diferentes historias.

Estas tres historias tienen un denominador común: son insoportablemente tiernas y tristes, también en buena parte gracias a la voz. A mitad de la primera página el narrador nos tiene ya tan blanditos que puede hacer con nosotros lo que quiera. Pero no hace lo que quiere. Hace lo que debe: rompernos el corazón.

Nada más comenzar el relato, uno se imagina a un montón de chiquillos de padres demasiado ocupados como para funcionar de puntales en el desarrollo de sus hijos, por lo que están a cargo en realidad de un solo padre: «el jefe». Bueno, de dos: «el jefe» y el alter ego del jefe, «el hombre que ríe». Así se describe al primero:

Aún está patente en mi memoria la imagen del jefe en 1928. Si los deseos hubieran sido centímetros, entre todos los comanches lo hubiéramos convertido rápidamente en gigante. Pero, siendo como son las cosas, era un tipo bajito y fornido que mediría entre uno cincuenta y siete y uno sesenta, como máximo. Tenía el pelo renegrido, la frente muy estrecha, la nariz carnosa, y el torso casi tan largo como las piernas. Con la chaqueta de cuero, sus hombros parecían poderosos aunque eran estrechos y caídos. En aquel tiempo, sin embargo, para mí se combinaban en el jefe todas las características más fotogénicas de Buck Jones, Ken Maynard y Tom Mix, perfectamente amalgamadas.

Lo que significa el «hombre que ríe» (cuya historia va recreando el jefe para los chavales en el autobús mientras los lleva a jugar al béisbol) para el narrador lo podemos ver un poco más adelante:

[…] Yo acostumbro a considerar al «hombre que ríe» algo así como a un superdistinguido antepasado mío, una especie de Robert E. Lee, digamos, con todas las virtudes del caso. Y esta ilusión resulta verdaderamente moderada si se la compara con la que abrigaba hacia 1928, cuando me sentía, no solamente descendiente directo del «hombre que ríe», sino además su único heredero viviente. En 1928 ni siquiera era hijo de mis padres, sino un impostor de astucia diabólica, a la espera de que cometieran el mínimo error para descubrir —preferentemente de modo pacífico, aunque podía ser de otro modo— mi verdadera identidad.

Para no matar de pena a mi supuesta madre, pensaba emplearla en alguna de mis actividades subrepticias, en algún puesto indefinido pero de verdadera responsabilidad. Pero lo más importante para mí en 1928 era andar con pies de plomo. Seguir la farsa. Lavarme los dientes. Peinarme. Disimular a toda costa mi risa realmente aterradora.

En realidad, yo era el único descendiente legítimo del «hombre que ríe». En el club había veinticinco comanches —veinticinco legítimos herederos del «hombre que ríe»—, todos circulando amenazadoramente, de incógnito, por la ciudad, elevando a los ascensoristas a la categoría de enemigos potenciales, mascullando complejas pero precisas instrucciones en la oreja de los cocker spaniel, apuntando con el dedo índice, como un fusil, a la cabeza de los profesores de matemáticas. Y esperando, siempre esperando el momento para suscitar el terror y la admiración en el corazón del ciudadano común.

A estas alturas estamos ya blanditos como una esponja de bebé, preparados para la incursión de un nuevo personaje, Mary Hudson, que será quien vendrá a romper el equilibrio inestable de un montón de varones enamorados de su ídolo.

Si nos fijamos, a partir de ese momento todos (salvo la chica, claro) empezarán a comportarse de una forma de lo más incoherente y contradictoria, tanto el jefe como los comanches, pero también «el hombre que ríe», que de pronto se deja pegar un tiro así, sin más. Es como si la realidad, con forma de mujer, la vida, la belleza del dinamismo, el mundo que gira, viniese a perforar la fina superficie de la burbuja perfecta e intemporal en que pretendían quedarse a vivir el jefe y sus muchachos.

Finalmente, los chicos acaban aceptando a la chica, que rompe sus esquemas con su habilidad para el béisbol, pero entonces es cuando «el jefe» y la chica se separan (no llegamos a saber la razón) y, por tanto, «el hombre que ríe» decide dejarse morir. Todo esto ocurre de forma tan rápida que es como si la burbuja explotara no solo en la cara de los chavales (para quienes cae la figura paterna del ídolo) sino también en la de los lectores. Así que cuando finaliza el cuento, uno se siente exactamente igual que el narrador:

Ahí terminó el cuento, por supuesto. (Nunca habría de repetirse.) El jefe puso en marcha el autobús. Frente a mí, al otro lado del pasillo, Billy Walsh, el más pequeño de los comanches, se echó a llorar. Nadie le dijo que se callara. En cuanto a mí, recuerdo que me temblaban las rodillas.

Unos minutos más tarde, cuando bajé del autobús del jefe, lo primero que vi fue un trozo de papel rojo que el viento agitaba contra la base de un farol de la calle. Parecía una máscara de pétalos de amapola. Llegué a casa con los dientes castañeándome convulsivamente, y me dijeron que me fuera derecho a la cama.

(Continuará con el análisis del 6º relato de ‘9 cuentos’).

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