El poder de las pequeñas historias VII: El suspense

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 (Estoy realizando un análisis de ‘9 cuentos’, de J.D. Salinger. Si quieres leer el análisis anterior, del relato «Para Esmé, con amor y sordidez», pincha aquí).

7. El suspense en «Linda boquita y verdes mis ojos»

Antes de leer el análisis, te recomiendo que leas el relato que puedes encontrar aquí.

Para mí este relato es una lección de humanidad, que sin duda es un requisito indispensable para aspirar a la perfección literaria Compartir en X

En «Linda boquita y verdes mis ojos» no se habla del amor precisamente, sino más bien de la dependencia y de la frustración (aunque quizá al final del túnel hay también amor). Pero, por encima de eso, para mí este relato es una lección de humanidad, que sin duda es un requisito indispensable para aspirar a la perfección literaria (o de otra clase). Una lección de humanidad conseguida en buena parte gracias al suspense o a la tensión narrativa.

Voy a decir lo que habría hecho un escritor mediocre al escribir un relato con este argumento: habría escondido a lo largo del texto (con todas las armas narrativas a su alcance) la información de que la chica que está en la habitación de Lee es la misma a la que Arthur está esperando (su novia), es decir, se habría reservado —ahorrado, racaneado— esa información para el pepinazo final.

Y aun así habría podido ser un relato correcto, ciertamente. Pero —no lo olvidemos— nos encontramos ante Salinger. Él no necesita ahorrar información al lector —al menos ese tipo de información—. No hace trampas. Juega limpio. Se lo puede permitir. Va sobrado. Sus cartas (su oficio) lo avalan.

Dependiendo de lo avezado que sea el lector para los juegos de intriga, se dará cuenta antes o después de que la rubia de la habitación de Lee —terriblemente incompetente con la ceniza, por cierto— es Joanie, la novia de Arthur. Yo soy bastante torpe y la primera vez que leí el cuento estuve dudando un buen rato. Alguien un poco más listo que yo lo tendría claro con la primera frase del relato:

Cuando sonó el teléfono, el hombre de pelo entrecano le preguntó a la chica, con cierta deferencia, si por alguna razón prefería que no lo atendiera.

En realidad ahí ya está dicho todo. Pero bueno, partiendo de la base de que a veces cuando empezamos a leer solemos estar aún bastante torpones, puede que haya un buen número de lectores que no se dé cuenta hasta cierto momento de que la chica de la que habla Arthur es la misma que se ha liado con Lee. Bueno, pues cuanto antes se dé cuenta, antes empezará a percibir el diálogo entre los dos amigos con un interés suplementario (no lo olvides: el suplemento enriquecedor es lo que marca la diferencia).

En El cine según Hitchcock (de François Truffaut), se explica a la perfección la diferencia entre la sorpresa y el suspense:

La diferencia entre la sorpresa y el suspense es muy simple, y hablo de ella muy a menudo. […] Nosotros estamos hablando, acaso hay una bomba debajo de esta mesa y nuestra conversación es muy anodina, no sucede nada especial y de repente: bum, explosión. El público queda sorprendido, pero antes de estarlo se le ha mostrado una escena completamente anodina, desprovista de interés. Examinemos ahora el suspense. La bomba está debajo de esta mesa y el público lo sabe, probablemente porque ha visto que el anarquista la ponía. El público sabe que la bomba estallará a la una, y sabe que es la una menos cuarto (hay un reloj en el decorado); la misma conversación anodina se vuelve de repente muy interesante porque el público participa en la escena. Tiene ganas de decir a los personajes que están en la pantalla: «No deberías contar cosas tan banales; hay una bomba debajo de la mesa y pronto va a estallar».

En el primer caso, se han ofrecido al público quince segundos de sorpresa en el momento de la explosión. En el segundo caso, le hemos ofrecido quince minutos de suspense. La conclusión es que se debe informar al público siempre que se pueda, salvo cuando la sorpresa es un twist, es decir, cuando lo inesperado de la conclusión constituye la sal de la historia.

Obviamente, cada una de las palabras que pronuncia Arthur y cada una de las palabras que pronuncia Lee resuenan en nuestros oídos de forma muy diferente al saber que el segundo se acaba de liar a escondidas con la chica del primero y que, para más inri, esta está delante mientras se desarrolla la conversación. La carga emocional y la tensión dramática son muchísimo más intensas y, teniendo en cuenta la absoluta maestría de Salinger con los diálogos, uno no puede dejar de leer aunque, si nos fijamos, la acción en este texto se reduce a pequeños gestos, juegos con el cenicero, los cigarrillos y la ceniza, y miradas.

Pero de haberse quedado aquí, diría que Salinger es un buen escritor. Y yo apunto más alto. Hablo de maestría, de genialidad, de perfección. De alguna forma tendré que argumentarlo.

Voy entonces al verdadero plus del relato. ¿Qué habría hecho cualquier buen escritor del mundo mundial para terminar el relato?

Pues habría destapado el pastel.

Lee se habría delatado o Arthur habría descubierto que la chica estaba allí y —una de dos— se habría montado el cristo padre o —de ser algo más hábil— habría dejado ahí suspendida la narración.

De hecho, hay un momento en el relato en que parece que eso es lo que va a pasar:

—Te estoy echando a perder toda la noche. Todo lo que hago es…
—No me estás echando a perder nada —dijo el hombre de pelo entrecano—. Ni lo pienses. Ya te dije que de noche no duermo más de cuatro horas en total. Lo que sí me gustaría, sería ayudarte todo lo posible, chico —escuchó—. ¿Arthur? ¿Estás ahí?
—Sí, estoy aquí. Escúchame. Ya que no te dejo dormir, ¿te importaría que fuera hasta tu casa para tomar un trago? ¿Te molestaría?

El hombre canoso se enderezó, colocó su mano libre de plano sobre la cabeza y dijo:
—¿Ahora, quieres decir?
—Sí. Claro, si te parece bien. Me quedaría sólo un minutito. Lo único que quiero es sentarme en algún lado y… qué sé yo. ¿Estás de acuerdo?
—Mira, lo que pasa es que no creo que debas hacerlo, Arthur —dijo el hombre canoso retirando la mano de la cabeza—. Por supuesto que puedes venir cuando quieras, pero sinceramente creo que ahora deberías descansar y tranquilizarte hasta que llegue Joanie. Te lo digo sinceramente. Lo que tú quieres es estar justo ahí cuando ella llegue a casa. ¿Estoy en lo cierto, o no?
—Sí. No sé. Te lo digo de verdad, no sé.
—Bueno, pero yo sí. Sinceramente, yo sí —dijo el hombre canoso—. Escúchame. ¿Por qué no te vas a la cama ahora, y descansas y más tarde, si tienes ganas, me llamas de nuevo? Claro, si es que tienes ganas de hablar. Y no te preocupes. Eso es lo principal. ¿Me oyes? ¿Harás lo que te digo?
—Bueno.

El hombre canoso representa a toda la sociedad superficial y estúpida a la que solo le interesa guardar las apariencias que Salinger ha venido desenmascarando desde el primer relato del libro Compartir en X

De este modo, como los buenos toreros, Salinger deja pasar el momento de peligro para darnos, un poco más adelante y cuando no nos lo esperamos, la estocada final. Porque lo que realmente nunca —ni en cien años— se nos hubiese ocurrido pensar es que Arthur va a volver a llamar para mentir, diciendo que Joanie acaba de llegar a casa. Este es el plus que, como en el cuento anterior, convierte el relato en otra cosa. No en un buen relato. En una lección, en este caso y a mi modo de ver, de humanidad.

No sé el resto de los lectores, pero yo a lo largo de todo el relato me iba debatiendo éticamente entre Arthur y Lee. Arthur es la víctima, pero una víctima un tanto rastrera, pusilánime y patética. Además, está borracho. Además, pone a parir a su mujer. Lee —está claro— es un hipócrita redomado y un estafador. Pero es un modelo de equilibrio y educación, y en algunos momentos parece realmente sincero en sus intentos de ayudar a Arthur. Teniendo en cuenta que Arthur no es la candidez y la bondad personificadas precisamente… Mmmm, el caso es que yo basculaba entre uno y otro.

Hasta que de pronto Arthur llama para decir que Joanie ha llegado y sabemos que es mentira, y los disfraces caen automáticamente. Se dejan abiertas dos posibles interpretaciones —en apariencia muy distintas—:

  • puede que Arthur sospechara desde un comienzo de que Joanie estaba en casa de Lee, y que la conversación y las reticencias de este confirmasen sus sospechas, o incluso que lo supiese a ciencia cierta desde el principio, y todo fuese una venganza premeditada;
  • o puede que no supiera nada y simplemente haga esa llamada para tratar de salvar su dignidad, después de haberse arrastrado delante de Lee.

Con la primera interpretación el personaje de Arthur gana en matices, y se le borran los tintes de pusilánime que le habíamos atribuido. Con la segunda, por el contrario, se le añade patetismo, y también nos acerca más a su sufrimiento. Si queremos incluso nos podemos quedar columpiándonos entre las dos.

Las sorpresas, en la vida como en la literatura, no provienen estrictamente de trucos narrativos, sino de la narratividad puesta al servicio de lo genuino. Compartir en X

En cualquier caso, no creo que darle una u otra interpretación sea lo más importante. Lo genial está en lo que ese gesto implica para el hombre canoso, y, por tanto, para toda la parte del lector que se había identificado con él. El desconcierto —la ruptura de esquemas— que provoca es lo que vale quilates. De pronto a Lee se le borran todos sus atributos de hombre de mundo experimentado, de amigo comprensivo y paciente, de perfecto gentleman, y se queda desprotegido, cazado en su propia trampa, con toda su impudicia y falta de escrúpulos a la luz. Y con él el lector, que de pronto ya no se balancea entre uno y otro, sino que se da cuenta de que el hombre canoso representa a toda la sociedad superficial y estúpida a la que solo le interesa guardar las apariencias que Salinger ha venido desenmascarando desde el primer relato del libro. Por el contrario, Arthur —con todas sus debilidades, que parecen no tener fin— se nos aparece como un ser humano no perfecto ni educado, pero al menos sí consecuente con sus sentimientos.

Resulta curioso que, sin ocultarnos datos, sin buscar la sorpresa fácil, sino simplemente siendo fiel a sus personajes, el relato logre sorprendernos verdaderamente, porque las sorpresas, en la vida como en la literatura, no provienen estrictamente de trucos narrativos, sino de la narratividad puesta al servicio de lo genuino.

(Continuará con el análisis del 8º relato de ‘9 cuentos’).

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